La vida, últimamente, parece una monografía escrita a la limón por Steig Larsson y Cristiano Ronaldo. Hay crimen y pelota, y eso, dicen, es suficiente para acoger todos los rasgos intermedios y sus fabulosos relieves, incluido el caso Gürtel, el helado a vuelapluma y el afeitado bien seco, especialmente indicado para pieles sensibles, que se define al mismo ritmo que la mañana en un cuarto de baño sin luz y sin muletas o en un aprovechamiento urbanístico del extrarradio. Estamos en crisis y el plural erige a sus nuevos dioses, la distancia entre la vida y la muerte está cubierta con un imitador menor de Chandler y un portugués en calzoncillos planeando sobre la vida pública y el encerado reflectante del salón. ´Kill your idols´, musitaban en los sesenta, cambio de circo, propuesta esperanzada para sentenciar el milenio y salir con la cabeza alta de la bandurria y el merengue, las rebajas, los toros y el botellón. Dicen que una sociedad no sólo se mide por sus avances, sino también por su modelo de ocio. Yo creo que no, pero estoy de acuerdo con la necesidad de reconfigurar el planeta, un poco de higiene y bautismo no viene mal. No aspiro a que el nuevo hombre tenga los ojos rasgados y una camisa verde de equilibrada aspereza maoísta, esto, incluso, sería un horror. Lo más confortable: que se desinflaran los tontos, considerados listos por nuestro tiempo. Boadella sostiene que los sujetos más peligrosos son los bobos con formación. O mejor dicho: con título académico. La sociedad quizá precise un cambio de líderes y para eso se requiere trastocar los parámetros que definen el éxito, liberarlos de su prestigio de animal perfumado y depredador. Es el momento de distinguir entre astutos e inteligentes, de reconocer en sus miserias intelectuales y espirituales al tiburón comarcal de los negocios, a los pajarracos de patronal o de barriada, de inventarse otro planeta, tal vez.