Vienen a Málaga a celebrar su convención anual. Llegan para estar entre nosotros después de haberlo hecho en ciudades de tanta raigambre taurina como Sevilla, Jerez y Salamanca. Son los heroicos miembros de la Asociación Nacional de Clubes Taurinos de los Estados Unidos. Para mí, ya son hermanos del alma. Primero, por pertenecer a esa estirpe indomable de los hispanófilos. O lo que es lo mismo, aquellos extranjeros que, normalmente ingleses y norteamericanos, una tarde de sus crudos inviernos leyeron un libro sobre España y de allí nació un auténtico ´love at first sight´, un amor de sopetón, a primera vista, una pasión que con el tiempo devino en inextinguible. Ellos aman a España más que algunos que nacieron en esta tierra hoy lastimada por los que se la tienen jurada. ¡Qué cosas! También son mis hermanos del alma porque compartimos juntos esa adicción sin fin por la más primordial de las fiestas patrias: los toros. Pertenecemos, ellos y yo, a esa cuasi religión en la que profesamos de meros acólitos. No somos los oficiantes, no somos miembros de la casta sacerdotal, pero sí que estamos ojo avizor para que la liturgia, el rito, el ceremonial se desarrolle conforme a lo establecido en el decurso de los siglos. Bienvenidos, pues, hermanos norteamericanos, feliz estancia entre nosotros y aquí está vuestra casa.
Venís a Málaga representando a los once clubes taurinos de los Estados Unidos. La organización de este año corre a cargo del Club Taurino de Nueva York. Y venís, dicen las agencias, a estudiar y conocer nuestra historia y nuestras tradiciones taurinas. Pues largo lo fiáis, hermanos. Ahí tenéis tarea no para una semana, si no para un año, al menos. Y, cómo no, llegáis para ver toros. Y aquí es donde se os presenta un menú ciertamente chino, cosa tan poco taurina. Y digo chino por la preponderancia de los sabores agridulces en esa gastronomía. Os encontraréis, por un lado, unos carteles buenos, pero sin cohetería. Apenas si hay una tarde con cartel rotundo. Falta, a mi entender, ese Ponce-Manzanares-Perera que hemos visto este año en otras ferias andaluzas. Ese es el trío de ases de la actual baraja taurómaca española. No se acaba ahí, naturalmente; hay más y muy bueno. Siempre más allá y más acá de los fuegos de artificio montado por unos cuantos y que tan rentables les está siendo. En resumen, buenos carteles, buen ambiente en taquillas y la Málaga taurina caliente, caliente. Hasta aquí la parte almibarada de lo que os vais a encontrar. El regusto salado y cutre os llegará cuando estéis en las puertas de la más que centenaria plaza de toros de mi ciudad. Paredes desconchadas, puertas que no han visto una mano de pintura en años, casi toda la herrería de la plaza abandonada a su suerte desde cuando ni se sabe, gradas y andanadas dejadas de la mano de los responsables, la cal llamando a voces desde todo el recinto para ser utilizada. Una pena; un lugar ´sagrado´ mantenido en la más absoluta vulgaridad y cutrez. La cosa tiene responsables; por si no los conocéis os lo diré: la Diputación Provincial. Ella es la dueña que ni obliga ni se obliga a arreglar, ´per omnia secula seculorum´. Eso sí, mientras pasamos esta Feria, una más, sumidos en la indolencia de unos propietarios que no están a la altura de las circunstancias, nos prometen que para el año que viene la plaza va a lucir más bonita que un san luis. Ya os contaré. Bienvenidos, otra vez, y disculpad por esta muestra de desidia de la que por nada somos responsables los aficionados malagueños. ¡Que más quisiéramos que tener una plaza reluciente y primorosa, como una biznaga de luz, en la que correr toros como Dios manda!