Como toda persona civilizada, de Jean-Jacques Rousseau a Jesulín de Ubrique, pondera, la vida en una casa en el campo está llena de disfrutes genuinos que la civilización ha echado lastimosamente a perder. Esto es lo primero que pienso cuando me despierta, alrededor de las cinco de la madrugada, el canto del primer gallo. Comulgo entonces con el poeta Guillén, el bueno, en proclamar que el mundo está bien hecho. Al hilo de este pensamiento reparador, quedo tan confortado que, sin otra Ariadna que la opinión común y el verso zen de don Jorge, retomo el ovillo del sueño en menos que canta el gallo siguiente, y ahora no se trata una frase hecha, porque hay un siguiente gallo que graciosamente nos regala los deleites de sus gorgoritos un par de horas más tarde, justo cuando despunta el día.
A partir de ese instante, tiene lugar una, llamémosle así, sinfonía de cantos de gallos de los corrales cercanos por aquí, por allá y hasta por acullá. Los ecos agudos y, en verdad, algo desafinados de sus sucesivos kikirikís van penetrando en el dormitorio, y aunque ya no hay quien concilie el sueño, puesto que a las diez de la mañana siguen los cacareos, uno se siente muy reconciliado con la madre naturaleza y sus placeres exclusivos. Dónde van a compararse con aquellos sucedáneos que nos ofrece la ciudad en forma de cuarenta principales topicazos e incalificables radiolés. La curiosidad, que suele transportarnos como en una balsa plácida al río del conocimiento, me lleva a preguntar a un lugareño por este fenómeno que aquí sucede cada amanecer, y el hombre viene a confirmar mis sospechas epistemológicas de que en los gallineros ocurre igual que en cualquier corral humano: hay gallos escrupulosamente cumplidores, que cantan sobre las cinco de la madrugada; gallos estándares, que lo hacen al rayar el día; y, por último, gallos flojísimos, vagos gallos redomados, la mayoría de ellos, según mi informador, que van desperezando sus crestas, sus espolones y sus cantos sin ninguna prisa, creyéndose encima los amos del cotarro, importándoles los demás y lo demás un huevo.
Hay otros despertares, pero están en este mundo: el de los pitidos, líricamente denominados silbidos, del paso del tren, que, según creo, viene de Algeciras y pasa al alba, sin detenerse en la minúscula estación aldeana, rumbo a Madrid o viceversa, se inviste de un aura romántica y decadente, no exenta de remota elegancia; el del frescor, que tras colarse por la ventana entra por nuestros poros, es acogido en los tiempos del terral como si fuera una suerte o una bendición; el de la caída de los higos desde las ramas de esta higuera soberbia, que lleva aquí toda la vida y buena parte de las anteriores, un ´plop´ levísimo, casi sordo, constituye el no va más de la delicadeza agreste.
Y, por último, el despertar más marcial, sin lugar a dudas, de todos los despertares del lugar: la diana que hacen sonar en el cuartel legionario que se encuentra al pie de la carretera de Ronda a Benaoján, el campamento de las antiguas milicias universitarias, cuyo sonido de la corneta atraviesa los campos y se deja oír, abarcando una extensión de varios kilómetros a la redonda, en todas las casas. Imagino yo que, a raíz de semejante despertar, cada habitante dejará volar su loca imaginación cual pajarillo silvestre. En lo que a mí respecta, me dejo gustosamente abducir por el hincha blanquiazul que llevo dentro, y así me convenzo de que el glorioso Salva Ballesta ha vuelto a la punta de ataque del Málaga Club de Fútbol para poner firmes a todas las defensas rivales de España y del extranjero. Si se tercia.