La Feria como veneno de la utopía y la tolerancia

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Lucas Martín Uno de los principios más sórdidos y antipáticos de cuantos mueven al hombre es su tendencia a la agrupación. Especialmente, cuando viene motivada por razones tipo del siglo XX, ya sean deportivas, políticas o moralmente jubilosas. Un grupo de individuos con el mismo pensamiento, indumentaria y comportamiento puede resultar muy zen y entretenido para los hippies, pero a mí no me parece, ni de lejos, el retorno a lo absoluto, al yo colectivo, sino un movimiento aterrador. La masa me da mucho miedo, aunque eso me deje a la altura de un duque de provincias o un obispo beneficiado por la curia. Me asomo a la ventana y sufro. Temo que, de un momento a otro, vendrán a desamortizar mi sofá o devorarle los ojos a mis hijas. Los feriantes son así. Desde detrás de las cortinas suenan como si estuvieran a punto de bombardear Hanoi y yo no dejo de sufrir, sufro por las astillas de las canoas y los pollos desventrados que caerán. Se me ocurre que si estuviera obligado a cometer un genocidio hipotético, lógica cabezona de matar o morir, no sabría por dónde empezar. El dilema me divide entre los que cantan ´A por ellos´ o ´Alcohol, alcohol, alcohol´. No hay nada más detestable que los cánticos corales, que los himnos seminales compartidos en la camaradería grotesca del mogollón. El alcohol es un estímulo interesante cuando se consume con melancolía, no tiene nada que ver con el músculo, se trata de una bebida intelectual. Lo bueno de su ingesta, amén del aletear de caderas, reside en su nunca bien ponderada capacidad para desnudar al consumidor. El bebedor se deshinibe y muestra quién es en realidad. Es precisamente eso lo que convierte la feria en algo insufrible. Se convive, de manera obligatoria, con la cara más doméstica de la otredad, el oficinista se afloja la corbata, el tendero abandona los melocotones y se siente en la calle como si estuviera en su salón. No tengo ninguna necesidad de observar a la gente en su intimidad del hogar, embutida en toallas y con el camino abierto a la ventosidad. La feria es como encerrarse con muchísima gente en el ascensor. Más tarde o más temprano dejarán de hablar de meteorología, que es lo que los hace guapos, y mostrarán sus instintos, se hurgarán en la nariz o disimularán para arrancarse la pelusa de las piernas. No se sufre por los borrachos, se padece por la humanidad. No deja de ser terrible que te marquen los días en los que uno puede abolir la norma, en los que las ordenanzas no valen un pimiento, que gobiernen hasta en las ganas de cantar.

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