La noticia de que dos destacados relatores de la ONU han hecho públicas dos propuestas para que las empresas multinacionales puedan ser juzgadas también, además de políticos y militares –ya de tiempo atrás sujetos penales–, por un tribunal internacional me suscita algunas reflexiones y sentimientos encontrados.
Es, por un lado, la constatación de lo absolutamente necesario que nos va resultando ya algo así, pues nada más normal que si los delitos son globales, lo sean también los tribunales que los juzguen. Y no sólo eso, sino que una corte internacional así planteada incluye el delito económico-ecológico entre sus prioridades. Además, el hecho de que los creadores de las propuestas, Martin Scheinin y Manfred Nowak –con un honorable historial y especialización, los dos, en terrorismo/antiterrorismo y tortura, respectivamente– lo hayan hecho a petición de la conocida como ´Iniciativa Suiza´ (un grupo de personalidades de ese país que, con motivo del 60 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, impulsó esta idea entre otras hasta que la asumió la ONU) introduce directamente, como debe, estos abusos y corrupciones eco-económicas en el campo en litigio de los derechos del hombre.
Es, por otro, la convicción de que es el sentimiento predominante de esta época , el de la orfandad e indefensión universal, el que hace especialmente urgente algún tipo de justicia sin fronteras y merecedora esta iniciativa, por tanto, de mejor suerte. Pero me abruma, a la vez, la desesperanza de la experiencia: los poderosos enemigos que un tribunal así tiene, la lentitud agotadora con que se mueven los goznes de la ONU y el haber visto morir por asfixia tantos proyectos. Y, sobre todo, lo resbaladizo que resulta, en los procesos penales, un acusado colectivo como lo es una gran corporación transnacional (la propuesta de Scheinin, sin embargo, que es la única de las dos que he leído, deja meridianamente clara su personalidad jurídica en la Parte II: ´Transnational corporations, i.e, business corporations... as a legal person´).
Una inercia, nada acorde con ´los malos´ globales contemporáneos, nos lleva a pensar siempre en el delito individual –el crimen horrendo, el secuestro, la extorsión–, pero las barbaridades que se han aireado a propósito de este proyecto, cometidas por la actuación de hidras empresariales, ponen los pelos de punta. Por ejemplo, el rocambolesco proceso, que ha acabado en manos de un juez ecuatoriano, contra Chevron –una multinacional petrolera– por sus desmanes en 1,5 millones de hectáreas de la Amazonia incluida la extinción de dos pueblos indígenas. O la impunidad de Dew Chemical, 25 años después de la muerte de 3.000 personas en Bhopal por inhalaciones de un gas letal de una de sus fábricas de pesticidas...
Pero en fin, volviendo al cuento, lo cierto es que lejos del limbo en que acostumbran a quedarse –como la ONU toda, por lo demás: ¿para cuándo su reforma siempre pendiente?–, iniciativas como ésta deberían, más bien, verse como cimbeles para ´cazar´ nuestra atención de aves desatentas y enderezar el tenor de nuestro compromiso y acción a cuestiones en las que, realmente, se juega algo importante. Del mismo modo que Scheinin –que estuvo enviado en España para investigar la lucha antiterrorista– y Nowak, estos honestos e incansables luchadores por los derechos humanos –y muchísimos más que seguro hay por esos mundos, aunque anónimos para el común–, deberían sustituir en el huérfano imaginario colectivo de nuestras sociedades a tanto icono, nacional o global, vano, chato y, a veces, decididamente peligroso.