En la costa talla el mar las cosas más importantes que puede decirnos. Desde luego se ha tomado su tiempo. En realidad se trata de un juego recíproco con la tierra, en la que ésta no cesa de dar cosas al mar, y el mar en dar forma a la tierra. Un modo de saber algo de ese diálogo es pasear sobre las rocas, práctica de paseo ardua e incómoda, pero en esa incomodidad está el aprendizaje. Lo liso, sin escritura, nos enseña poco. Otro modo menos inclemente es pasear descalzo la arena, que aunque parece lisa está llena de mensajes, y cosas-signo que el mar deposita en ella. La arena viene a ser un intermediario entre el mar y la tierra, hecho de microscópicas criaturas que el mar fabricada mediante molienda. La arena no es mar, pero tampoco tierra, y cuando el mar acaba de irse de ella pueden leerse sus últimas palabras. La huella de los pies la lee luego el mar –al volver– como respuesta.