¡Todos a una!

 22:53  

Miguel A. Santos Guerra

Y esa una es la educación. Políticos, profesorado, familias, personal de administración y servicios, alumnado, ciudadanía en general. Todo el mundo. A la hora de comenzar un nuevo curso, es necesario renovar la ilusión, unir las fuerzas, avivar la inteligencia y acelerar el corazón.
Se habla una y mil veces del fracaso escolar. Un fracaso que es de todos. No fracasa sólo el alumno o la alumna. Fracasa el sistema. Y no fracasa sólo el que abandona o suspende. Fracasa el que se deja la felicidad en el empeño y el que paga un precio tan alto por salir adelante que casi no le merecería la pena.
Los niños y las niñas tienen derecho a la escolarización pero, sobre todo, tienen derecho a tener éxito en la escolarización. ¿De qué les serviría a los niños tener derecho a ser hospitalizados si cuando acuden al centro sanitario contraen un virus, son mal diagnosticados o reciben tratamientos con efectos secundarios más nocivos que la enfermedad? Lo que tienen todos los niños es derecho a estar sanos. Claro que una parte importantísima de su salud depende de ellos mismos. De cómo se cuidan, de cómo comen, de cómo colaboran con el diagnóstico y de cómo siguen el tratamiento.
Creo que la educación no debería estar sometida de forma tan violenta a los planteamientos del partido en el poder. No son buenos los bandazos políticos que nos llevan de una parte a otra, como si de un péndulo se tratase. Hace falta un análisis riguroso de la realidad, de las causas del fracaso y de las condiciones de partida para tomar decisiones justas y racionales.

Hace falta también establecer un diálogo conducente a la negociación y al acuerdo. Sé que no es fácil alcanzar consenso completo en cuestiones tan problemáticas y cargadas de valores. La educación no es un asunto puramente técnico. Es un fenómeno radicalmente social, político, ideológico y ético. No me gusta que el partido que no está en el poder se llame partido de la oposición. Me gustaría más que se llamase partido de la alternativa. Eso le obligaría a presentar de forma constante las propuestas que realizaría para mejorar lo que hace el partido en el poder. Al llamarse de la oposición puede entender que su deber es oponerse, incluso a lo que es justo y razonable. ¿Por qué no llegar a un pacto por la educación?
Todos estamos obligados, desde nuestra condición de ciudadanos y ciudadanas, a participar activamente. A todos nos importa la educación que se realiza en el país. De esa educación va a depender el futuro de muchas personas y de la sociedad en general. Todos somos necesarios. Hace falta un pueblo entero para educar a un niño o a una niña (sí, sobre todo, a una niña, sigue existiendo el sexismo en la sociedad y en la educación). Y hace falta un buen pueblo para educar bien a un niño o a una niña.
Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Todos pretenden dejarles en herencia dinero, bienes y propiedades. Pero todo el mundo sabe ya hoy que la mejor herencia que pueden dejarles es una sólida educación.
–La educación que se busca ha de ser una educación de calidad para todos y para todas. No hay calidad sin equidad. Es inadmisible un sistema que privilegie a los que ya están en mejores condiciones. No es de recibo confundir ideas con intereses y principios con privilegios. Ha de ser una educación integradora y no excluyente. Una educación que atienda a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a los discapacitados.
–Ha de ser una educación moderna, laica, integradora y que incorpore valores democráticos, que respete los compromisos con los principios establecidos por la Unión Europea.
–La educación ha de ser un compromiso de todos. Hablo de educación, no de mera instrucción. De poco nos sirve que las personas adquieran conocimientos si luego los utilizan para oprimir, exprimir, engañar y explotar a los demás.
–Es necesario liberar los presupuestos necesarios para desarrollar adecuadamente una educación de calidad. Magníficas ideas se han estrellado contra la falta de recursos. La educación de calidad es cara. La falta de educación, a la larga, es carísima.
No quiero una Educación Infantil meramente asistencial, una evaluación discriminadora, una dirección unipersonal y jerárquica, un recorte de la participación de las familias y del alumnado, unas clases de religión obligatorias y evaluables. Por eso estoy en contra de una sistema de corte academicista, elitista, segregador, indoctrinador, selectivo y competitivo. Quiero un sistema educativo que forme a las personas para pensar críticamente y para convivir democráticamente.
Nada de esto podrá hacerse sin tener en cuenta la formación del profesorado. No podemos tener una formación inicial (me refiero sobre todo a la formación de profesores de Secundaria) que sea corta en duración y mala en calidad. Y no se puede establecer un proceso de selección del profesorado basado en la idea de que quien no vale para otra cosa vale para la enseñanza. Hay que acabar con la insidiosa idea de Bernard Shaw: "El que sabe, hace. El que no sabe, enseña".

¿Podríamos ponernos de acuerdo en cuestiones tan fundamentales como las que se refieren a la educación, es decir, al futuro de los ciudadanos y de la sociedad? Para ello tendremos que hablar, argumentar y escuchar con respeto. Bienvenido el debate. Un debate sin sectarismos, sin desprecio a los demás, sin fundamentalismo pedagógico o político. El acaloramiento irracional lleva a situaciones embarazosas. Como ésta que reproduce una conversación impetuosa:
–Me parece que estoy discutiendo con un estúpido, dice uno de los que dialogan.
–Tú sí que estás discutiendo con un estúpido, contesta irritado el interlocutor.
A pensar, a debatir y a trabajar. Empieza un nuevo curso. Todos a una. Todas las manos a la obra. Y a disfrutar con la tarea. Porque esta es una tarea que no se puede realizar bien sin optimismo. Lo decía Horkeimmer: "En educación, podemos pesimistas teóricos, pero de ser optimistas prácticos".

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