Pocos colectivos hay tan golosos para los poderes glotones, tan pretendidos por los seductores medios de comunicación, tan obsequiados y requebrados por la publicidad como el de los jóvenes. Por eso resulta tan perverso el olvido y malversación a que el capitalismo ha condenado su futuro. La invocación de la juventud era noble cuando el paso de las generaciones se entendía así, dentro de una dialéctica parecida a aquella de la primera burguesía: cada uno acrecienta bienes y patrimonio para sus hijos, que lo harán a su vez para los suyos; del mismo modo que, en lo humano, cada generación rectificaba a la de los padres porque querían ser mejores que ellos; se trataba de una responsabilidad tanto como de pundonor y orgullo. Esa dialéctica ha marrado.
En pocas cosas se manifiesta con tan escarnecimiento el nihilismo del mundo capitalista como en esta malversación del tiempo por venir. El afloramiento superficial en la conciencia común de ese enloquecimiento es lo que ha puesto en circulación ese concepto flojo y como aflatado de ´sostenibilidad´?? del desarrollo (me gusta más en su versión francesa, ´durabilité´). Y es así como este pasado 12 de agosto, declarado por la ONU ´Día internacional de la juventud´, el Secretario General de la ONU o el Director General de la UNESCO, Koichiro Matsuura, hablaron en sus mensajes de llamada a los jóvenes del mundo de la durabilidad como el gran desafío de nuestro tiempo.
Si lo cito, aun con las limitaciones que el ´imprinting´ bienpensante impone a la descafeinada sociedad de naciones contemporánea, es porque al menos se les pedía a los jóvenes protagonismo en la defensa de esa tierra de nadie del futuro, que será la suya el tiempo que la ocupen; creí entender en ello la vieja llamada al relevo generacional como el diálogo o debate dialéctico que evocábamos al principio, no como un fatalismo (de fin de la Historia) en que víctima y victimario representan su rol fatal.
Protagonismo quiere decir: manifestación verbal de una subjetividad y actuación en consecuencia. Porque es que entre los muchos equívocos con que nos manejamos está el de que hablamos mucho de los jóvenes pero casi nunca hablamos con ellos. Ese hueco de silencio, de falso diálogo es el que ha llenado, con su astucia mezquina y su saber despreciable, la publicidad.
Los anuncios a ellos dirigidos han ido, de forma paciente y tenaz, envenenando sus sueños con el fetichismo de las mercancías o sus marcas, enmudeciendo su voz con cantinelas. A un tris están de conseguirlo también con la infancia si no nos espabilamos, pues saben muy bien los sabios publicistas y filósofos del Mercado que el aprendizaje que empieza antes, dura más. Con qué lucidez de pedagogos actúan...
La durabilidad es inasequible a la vida, y menos que nada a la juventud, pero al menos es un nombre tranquilizador que damos a un sueño realizable: la reconquista del futuro como una categoría que consuele porque será un ecumene habitable por los que nos siguen. Ernst Bloch lo llamaba el principio esperanza, y con ese nombre escribió tres inteligentísimos y olvidados volúmenes en una de las contestaciones más tempranas y lúcidas a la ortodoxia de Marx dentro del marxismo. No es durable la juventud, pero valdría la pena luchar por que dure su esperanza en la única dialéctica que nos es permitida: la de la vida, la muerte y la renovación en un bucle interminable...