Rafael Ordóñez
Mi caquéctica memoria no me permite dar fechas y nombres, pero fue en las páginas de este, nuestro, periódico. Fue en una entrevista al comisario jefe de policía de Málaga de aquel entonces. La conversación giraba en torno a las bandas juveniles. En aquellos días ya se había destapado el tapón de la botella que, apretadamente, guardaba el cóctel de estallido social protagonizado por bandas de jóvenes que por una mirada torva, por una sonrisa a destiempo o por un simple quítate de ahí, te rebanaban la carótida izquierda, la ilíaca externa o ambas a la vez. La cosa parecía más o menos controlada porque hasta entonces estas huestes se limitaban a traspasarse los diafragmas unos a otros en sus barrios sin más intención de ampliar radios de acción. Y así fue como el periodista de esta casa preguntó al comisario sobre la existencia de bandas en nuestra ciudad. El interpelado contestó que no las había y que lo único que les tenía un poco ojo avizor eran un par de grupitos localizados en los dos barrios más guays de la ciudad. ¡Oh sorpresa! Guardé aquella entrevista y la pasé por la red a muchos amiguetes. Omito el nombre de estos dos barrios ´in´, ´cool´ y ´fashion´ de nuestra ciudad. De todos son conocidos. Y es que al aire de la criminal gansada de los pijoprogres de Pozuelo de Alarcón de hace unos días he recordado aquella entrevista y muy presente he tenido mi par de encuentros con algunos de estos cafres locales que no sé si están organizados o no. Lo que sí sé y han conocido mis carnes son su absoluto descontrol, su fiereza destructora y su afán de significarse con el fin de salir de esa desidia y ese desinterés con el que son tratados por sus progenitores; los A y los B.
En el fondo, estas criaturitas no están más que protestando por esa educación que han recibido en la nada, en la holganza, en la anarquía más cutre que imaginarse pueda y en la satisfacción infinita de los gustos del nene. Papá y mamá, mientras, estaban a lo suyo, a ganar dinero y a tener a los nenes alejaditos, apartaditos, a media distancia, no vayan a ser que nos molesten en esa trascendental tarea cual es la de ganar billetes. Si el niño tiene ya el hígado como un queso de gruyere por las ciento cuatro tajadas que agarra los cincuenta y dos viernes y sábados del año, a papá esto le resulta divertido y hasta admira y envidia al primatito que ha criado sintiendo no haber podido hacer eso él en su ya distante juventud. Estos padres, por llamarlos de alguna manera, se sienten tan identificados con sus pequeños macacos que hasta van a montarle el pollo a la policía que ha osado detener a su vástago mientras este se divertía quemando comisarías y mandando policías a la UCI. A no dudar que la moral de la Policía debe andar estos días bajo tierra, al nivel mismo del núcleo central del planeta. Una de las madres de estos machotes es fiscal. Imagínense la ternura con la que fue a sacar a su cosita querida de las garras de la policía opresora y maltratadora. ¡Qué cosas! ¡Qué escena! El juez, mientras, casi les pide perdón por haberlos molestado una noche de sábado. Todo muy ejemplar y muy edificante.
Entre todos la mataron y ella solita se murió. Esta pobre España que camina firme hacia el precipicio al paso alegre de la paz tiene, como el resto de la decrépita y terminal Europa, el dispositivo que terminará de hacerla saltar por los aires dentro de su vientre. Y la mecha, el detonador, está en manos de estas turbas de inútiles a los que hemos criados a nuestros pechos. Casi el veinte por ciento de ellos ya ni estudian ni trabajan. Hemos llegado así al mismísimo puerto de la Nada. Enhorabuena. Era difícil hacerlo peor. Pero lo hemos conseguido.