José Luis Gómez
Si algo hay que recordar siempre de líderes como los socialistas Felipe González y Alfonso Guerra o el conservador Manuel Fraga es que hablaban claro. Quizá porque tenían las ideas claras. Un ejemplo más: Felipe González nos advierte ahora de que hemos dejado atrás la recesión mientras estamos a punto de repetir el modelo que nos ha llevado a esta crisis. Lejos de quienes, como Orwell, pensaban que el lenguaje político está concebido para hacer que las mentiras parezcan verdad, Felipe González huye de los malabarismos dialécticos y constata la contradicción latente entre el enorme esfuerzo para reflotar a los bancos de todo el mundo y el hecho de que éstos continúan vendiendo los mismos productos que antes, sin dar crédito. La conclusión es evidente: hay que reformar el sistema financiero, lo cual exige nuevas normas, más allá de fusionar cuatro cajas de ahorros.
Un año después de la histórica quiebra de Lehman Brothers, cuarto banco de inversión de EEUU y protagonista del detonante de la debacle financiera global, los gobiernos siguen sin aplicar medidas reguladoras que impidan la repetición de acontecimientos. La bancarrota tiene nombres y apellidos, algunos en la cárcel, y tiene un veneno dentro que se llama codicia financiera. Las medidas internas de cada país son insuficientes y el consenso internacional sigue pendiente del G-20. Mientras, pasan los días y mucha gente lo pasa mal. No así los bancos y sus accionistas. No deja de ser curioso que mientras los causantes de la crisis se reparten un nuevo botín, aquellos que deben sentar las bases reguladoras se despedacen en público. El cuento es aplicable a España, donde ahora algunos atribuyen a Zapatero todos los males, pero también a otros países. Y claro que Zapatero tiene responsabilidades, pero de ahí a atribuirle todo lo que le echa encima Rajoy media un largo trecho. Un país serio también merece una oposición seria, no demagógica. Al menos cuando hablemos de las cosas de comer.