Javier La Beira
Hace ya varios lustros que, sin ir más lejos, los habitantes de la malagueña Alameda de Colón y de las calles vecinas padecen los notables perjuicios que origina su práctica callejera, algunos sumamente desagradables y difíciles de tolerar con gesto de póker cuando a uno les tocan, porque tocan bien las narices y otros apéndices sensibles, mas lo que ha tocado ahora es debatir sobre ello. Así, siendo el segundo oficio más antiguo del mundo, ya que, obviamente, el primero fue el que desempeñara quien gastó parte de su salario en contratar los servicios de la primera prostituta, la prostitución se ha situado en estos días, qué cosas tiene mi novelero país, en el ojo del huracán. La enorme ventolera, tan española ella siempre, la han traído unas fotografías publicadas en un diario, lo que, por cierto, para algunos observadores, entre los que humildemente me hallo, viene a corroborar la hipótesis de la existencia del casi legendario ´cuarto poder´, al menos en cuanto a su capacidad para suscitar debates públicos.
Pertenecientes a esa suerte de subgénero mal denominado, por pleonástico, ´fotos explícitas´, las instantáneas de dos prostitutas llevando a cabo su trabajo con dos clientes a pocos metros del hermosísimo mercado La Boquería en Barcelona, y, lo que me imagino que ha resultado más desconcertante, cerca del admirable Liceu, ha generado de inmediato un debate nacional sobre la prostitución. El asunto, la verdad, se presta a desempolvar, con perdón, todo tipo de chascarrillos, como el de las tetas y las carretas, o de chistes de Chiquito, como el de la señora que manifiesta haber ganado las joyas y los fajos de billetes en el bingo y, en opinión de su marido, se va a mojar el cartón cuando se mete en la bañera, pero ya va siendo hora de abordarlo en serio, si es que hay asunto alguno que se aborde en serio, me refiero a verdaderamente en serio, en este país tan maravilloso como descacharrante en el que, creo que con mucha suerte, pese a todo, vivimos.
De los innumerables testimonios y opiniones que hemos leído, escuchado y hasta soportado estos últimos días, me quedo yo con la de la presidente de la APRAMP (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de la Mujer Prostituida), quien asegura que, basándose en datos de la Guardia Civil, más del 90 por ciento de las prostitutas que ejercen en España son inmigrantes que llegaron engañadas a España y trabajan en un régimen que presenta indecentes similitudes con la esclavitud. Tal vez no haga ni falta que lo diga esa señora, y baste dar un paseo en Málaga por la Alameda de Colón o por los polígonos industriales, y conocer un poco, muy poco basta, el paño para comprobar que lleva razón. Parafraseando el verso irónico de Mario Benedetti, el cuento es muy sencillo: usted nace mujer en uno de los numerosos países de Centroamérica, Sudamérica, Asia o Europa del Este, va creciendo más pobre que las ratas, y entonces un hijo de mala madre le ofrece el dinero necesario para viajar a España y trabajar aquí. Una vez aquí, el trabajo consiste en prostituirse en jornadas de 20 horas, padeciendo continuamente no ya sólo humillaciones, sino persecuciones, coacciones y amenazas de muerte.
Me pregunto, mitad con asombro y mitad con indignación, por qué consentimos en nuestro país semejante desatino. Con este panorama, quizás haya llegado el momento, es mi opinión y yo la comparto, de prohibir legalmente el ejercicio de la prostitución.