Los grandes cines de Málaga
Tenían sonidos a lo grande. Eran espectáculos majestuosos, únicos. Ir al cine como si fuera fiestas de guardar.
Preparatorios, arreglos, colas y estrenos. Dedicar la tarde a algo en exclusiva, a alguien en exclusiva; pareja, hijos o a ti mismo.
Inevitable NODO, como era inevitable el cocido. Esperar la emoción de las luces apagadas, para besarse o soñar una realidad mejor que la rigidez cotidiana.
Cuando el cine tenía carteles pintados a mano con una escena que ya en si era una historia. Mirar los fotogramas completaba la película…tanto, que no necesitabas casi verla, porque tu imaginación completaba una fotografía con otra si le ponías empeño.
¡Oye! que casi te decepcionaba la real, porque lo imaginado es casi siempre mas y mejor.
El galán de nombre inglés españolizado, todavía tenía el pelo más rubio y los ojos más azules ¡y hasta besaba mejor!
Ya el nombre del cine te anunciaba la grandilocuencia del evento: Teatro cine Albéniz, Cine Andalucía, teatro cine Echegaray…y tantos otros. Con palcos, categorías, numeradas y gallinero. Frescos en los techos de bellas escenas mitológicas.
Hoy son distracciones de paso entre tantas de los grandes centros comerciales.
Ya de base el nombre te anuncia la disminución del evento…mini cine tal o multicine X... solitarias o superllenas, salitas mini. Donde sobran piernas y falta sitio. Y llegar con la película empezada es entrar en la oscuridad sin guía.
Los sonidos de aquellos cines me perduran como sus agrios olores de viejo. Me parece olerlos mientras veo sus esqueletos por el centro de Málaga, recordándome que toda vida es un
desahucio continuo de quiebra y derribo.
Entré una vez con la película empezada, en la magia oscura de la sala, agarrada fuertemente a la mano de mi padre. El sonido de la selva me alteró el corazón. Los trinos de los pájaros tropicales volaban desde una esquina. Poco a poco los ruidos se sobreponían unos a otros. A los pájaros se unieron los gritos de los monos, el agua que caía de una cascada, las hojas movidas por el viento, los elefantes y el grito inconfundible de Tarzán, rey de la selva.
Seguíamos al acomodador como al guía de la expedición, linterna en mano como si de un machete se tratara, allanándonos el camino hasta llegar a nuestro asiento para, cómodamente, entrar en la magia del cine con mayúsculas.
Carmen Álvarez Mata
Málaga
Carta a Manuel Jiménez Friaza
Estimado Manuel, en relación con su artículo ‘Misterios gozosos’, aparecido en La Opinión, le diré lo siguiente:
1.- Que los misterios gozosos no se rezaban los sábados. Ahora sí, pero desde fechas aún recientes. Se ve que su búsqueda en internet deja que desear.
2.- Que aún hay familias, y le puedo dar ejemplos de Málaga, que siguen rezando el rosario, aunque sin obligar a ninguno de sus miembros.
3.- Por experiencia personal, le diré que no conozco lo que es el aburrimiento (y durante muchos años he rezado el santo rosario sin dejarlo ni un sólo día). Sospecho que usted lo ha rezado más bien poco y por eso le resulta “una ceremonia aburrida, interminable e incomprensible” y “un poco aterradora”.
4.- Lo del “aburrimiento que enfermaba y mataba a los monjes medievales” pertenece a las novelas. Si usted conociera sus escritos, sus miniaturas y su contribución al desarrollo hasta de la agricultura, tal vez cambiara su opinión sobre ellos.
En todo caso, pienso que tiene usted razón cuando dice que la actitud de los jóvenes de Pozuelo es muy compleja y que el aburrimiento es uno de sus componentes. Pero le invito a acercarse un sábado por la tarde a la parroquia de San Patricio, en Málaga, para descubrir a otros jóvenes.
Atentamente
Juan Antonio Paredes
Delegado de Medios de Comunicación del Obispado
Málaga
¿Te duele la cabeza? Córtatela
En Egipto, un hombre ha matado a su hija (problemática según las antifeministas costumbres musulmanas) para recuperar el “honor” ante sus antepasados.
Esto de cortar de raíz los problemas no es tan extraño entre nosotros.
No es nada raro presionar a un medio hasta asfixiarlo, porque molestan sus críticas. No es nada infrecuente que se persiga a quien expresa inteligentes opiniones adversas, hasta cercarlo y obligarlo a suicidarse o exiliarse. Es bastante normal (y hasta a nadie sorprende) que se acose de modo cruel y falsario a los adversarios. Es completamente usual calumniar e infamar parta desviar la atención de nuestras culpas y equivocaciones (lo vemos todos los días)
Todos los días cortan y ruedan cabezas cuyos pensamientos molestan a quienes dependen de cuántos cómplices puedan alimentar.
El “honor” familiar, sustanciado en los intereses y ambiciones de clase, empuja a demasiados a ordenar matar a los hijos.
Luis Melero
Málaga