Pedro de Silva
Algunos vaticinan a esta película un papel semejante al de Blade Runner o Star Wars, o sea, marcar época. Aunque esto parezca excesivo, hay algo común entre ellas: una remesa enorme de espectacularidad, cruzada por una línea intermitente de humor del bueno (o sea, anglosajón), y, sobre todo, un buen pedazo de amor del raro. En Star Wars las parejas más creíbles (de amistad fraterna) eran, por un lado, los dos androides (R2-D2 y C-3PO), y, por otro, Han Solo y el alienígena Chewbacca. En Blade Runner hay un idilio salvaje entre replicantes, y otro entre una replicante y el cazador humano.
En District-9 no debo contar lo que ocurre, pero una flecha de amor del raro, en el último minuto del metraje, funciona como un golpe de calor que sube, de delante hacia atrás, la temperatura de toda la historia. Es como si la fórmula humano-con-humano ya no conmoviera, y el futuro anunciara otra cosa.