JESÚS AGUADO FERNÁNDEZ
Hay noticias que, después de leídas, le dejan a uno con el ánimo tristísimo y en pie de guerra. Noticias tan intensas y tan bien urdidas que se comentan solas, lo cual no deja de ser una trampa conceptual y emocional: su irresistible fuerza interior, que la emparenta con la literatura y con la imaginación en general, nos obliga a encasillarlas, sin apenas darnos cuenta de ello, como productos de mente, no de la realidad. Noticias, en efecto, de las que uno sale como de una novela y que, por tanto, parecen fábulas, no hechos sufridos por personas de carne y hueso, algo que le puede venir muy bien a la inteligencia y sus abstracciones pero que suele ser de consecuencias nefastas para la realidad y sus urgencias cotidianas.
Por ejemplo la noticia, leída esta semana en varios medios de comunicación, que protagoniza Jacinta Francisco Marcial, una indígena mexicana residente en Santiago Mexquititlán que mide uno cincuenta de altura y pesa ochenta kilos (ya verán que el dato es relevante). Un día se dirigieron al mercado de esta ciudad del centro del país un grupo de seis policías de élite de la Agencia Federal de Investigación vestidos de paisano. Cuando éstos comenzaron a coger artículos sin pagar por ellos, los comerciantes se rebelaron y les retuvieron para exigirles que se identificaran y que abonaran lo tomado. Jacinta, que acababa de salir de misa, se aproximó para ver qué estaba ocurriendo y en ese momento un fotógrafo la encerró en su cámara con un disparo. Con esa única prueba, un juez de Querétaro la condenó, por secuestrar a esos seis policías, a veintiún años de cárcel. Jacinta, que aparecía, según la crónica, pacífica y sonriente en la foto, y que apenas pudo defenderse durante el juicio porque su lengua madre es el otomí y porque sus ingresos no le permitían asesorarse con un abogado, ha pasado tres años y medio en prisión, de la que ha salido gracias a que la campaña mediática organiza a favor de ella por algunos grupos humanitarios obligó a reabrir el caso a la Fiscalía General de la República.
Lo grave no es tanto que un juez haya creído que una mujer pequeña hubiera podido secuestrar a seis fornidos policías, y que para su sentencia se haya amparado en una foto hecha al azar por alguien que pasaba por allí, sino la sensación que esta noticia deja de que quizás, con más frecuencia de la que sospechamos, los diversos poderes institucionales se alían tácita o explícitamente para protegerse los unos a los otros sin importarles el reguero de víctimas que puedan dejar por el hecho de hacerlo. Unas veces lo harán con más sutileza y otras a las bravas, sin pararse en legalismos ni apariencias. En todos los países y en cualquier circunstancia, aunque, claro, en ocasiones adaptándose a las costumbres o equilibrios del lugar. O dicho de otro modo (tópico): Jacinta somos todos los que no somos Poder, Institución o Dinero, tres mayúsculas desde lo alto de las cuales fuertes luces barren el suelo para que nadie se escape del perímetro carcelario que controlan y que abarca, ay, el mundo entero. Si el foco cae sobre uno, como el flash sobre el rostro térreo de Jacinta, está perdido porque para el Poder, la Institución o el Dinero todos somos culpables aunque se demuestre lo contrario o, para ser más precisos, todavía más culpables si se demuestra lo contrario. Si usted no pertenece a alguna de esas categorías, no se engañe: también está preso y se llamará, por ejemplo, Jacinta Francisco Marcial, secuestradora.