Manuel Jiménez Friaza
Me entero por ´Le Monde´ de que un estudio estadístico de Ipsos sobre una muestra europea (España, Francia, Reino Unido y Polonia) nos enseña que el miedo a la pobreza se cierne sobre nosotros. Lo sienten así el 92% de los encuestados franceses –los más pesimistas–, el 73% de los británicos, el 70% de los españoles y el 62% de los polacos, los más optimistas. Perciben a los nuevos pobres como una clase social emergente de la que, por desclasamiento, pueden formar parte pronto. Entre las reacciones de los lectores que entresaca el diario francés hay uno, Alain L. –que seguramente pertenece a esta nueva categoría de pobres desclasados– que dice ´Sí que es una vida de mierda ésta que condena a los jóvenes y empuja a los viejos a la tumba...´En menos palabras, imposible.
Nuevos pobres y novedosos mendigos, como recordaba Guillermo Busutil en un artículo reciente en este mismo periódico: padres de familia que hurgan en la basura. Hay colas, y preeminencias en ellas, ante los contenedores de desperdicios –comidas caducadas, codiciado botín– de los grandes supermercados y restaurantes. Mujeres solas, ancianos abandonados o parados irreciclables y sin los 400 euros de marras se apuntan cada día más a los vales para la tienda de Cáritas o al caldito caliente de esas, siempre pocas, oenegés que los buscan en las calles de nuestras ciudades.
La pobreza que genera riqueza, la paradoja del capitalismo. Pearl S. Buck, la olvidada y gran escritora norteamericana –pero más china que norteamericana– concibió en una de sus novelas menores la historia paradójica, y cada vez más verosímil, de un personaje al que se le ocurrió montar una red de alimentación para hambrientos con las sobras de restaurantes y grandes tiendas. La paradoja es que con el dinero que, sin querer queriendo, le iba tocando de la pirámide de aquel trajín de alimentos despreciados, acabó rico. Y perplejo.
Nueva y vieja pobreza, y ninguna de las dos tiene ninguna poesía. La pluma, entintada sin embargo de poesía y un humor elegíaco, de Tomás Alcoverro en su ´Diario de Beirut´(que acoge en sus páginas ´La Vanguardia´) sí es capaz de hacerlo; evocaba ayer en su blog las escenas dantescas de los ´zebalin´, cristianos coptos de El Cairo, que durante años recorrían las calles de esa ciudad –en carros, carromatos, camiones– recogiendo basura con la que alimentaban cerdos al pie del Mukatam. Así se ganaban la vida y allí mismo vivían, junto a las zahúrdas, entre las montañas de bolsas de basura clasificada y no lejos de la Ciudad de los Muertos, el conjunto de cementerios de El Cairo tan densamente habitado como los demás barrios de esa ciudad.
Seguir de pobres, como tituló Aldecoa su dura y tierna historia de cinco segadores enhermanados. Seguiremos de pobres porque se ha roto la hucha y ya no queda nada que repartir. Porque los cacos y trileros que hicieron el desfalco universal o huyeron y nadie los buscó o siguen entre nosotros sacando pecho. Como nuestra CEOE, que pide la cabeza de Zapatero con la misma naturalidad que el despido libre. El pim-pam-pum al presidente se ha convertido en deporte nacional y el diario ABC rasca lectores sacando a toda portada la fotografía de sus hijas con Obama.
Otros grandes medios vacían de historias, palabras y pensamiento sus secciones para llenarlas con las chicas de cera de la Cibeles y siguen llenando sus páginas de Economía con el carrusel de Sísifo de las bolsas o con las fatigosas especulaciones sobre si la recesión y la depresión se aceleran, frenan o paran, como en un universo cartesiano sin rozamiento y sin gente. Por eso seguiremos de pobres, viejos y nuevos, jugando a los chinos (¡dos con la tuya!) la dignidad herida y a las quinielas la parcela hipotecada de nuestro futuro.