JESÚS J. PRADO
Odio con toda mi alma el programa «Españoles en el mundo» (La 1 de TVE, los martes a las 22.30 h.). Y además me desequilibra psicológicamente, porque una de las pocas letanías que uno recuerda desde pequeñito es que «como en España, no se vive en ningún sitio, hijo mío». Uno no sabía muy bien el porqué, pero se daba tan por sentado por todos los adultos que se incorporaba poco a poco, y con la
estrategia de la gota malaya, a tu lista de certezas absolutas e inamovibles. Pasito a pasito se nos informaba que nadie tenía nuestro jamón, ni nuestro clima, ni nuestras playas, ni siquiera nuestro carácter tan acogedor, jaranero y hospitalario. En mi caso, pertenezco a la generación que empezó a invadir en masa Irlanda y Gran Bretaña los veranos para aprender inglés a principios de los ochenta, y se nos distinguía a la legua porque éramos como una especie de secta troglodita que nos desplazábamos por Londres o por Dublín como los búfalos: en manada y todos juntitos, para no perdernos. Y doy gracias a dios porque entonces no éramos nadie en ningún deporte, que si no hubiéramos sido insufribles. Inglés aprendimos lo justo, pero nos doctoramos en MacDonalds y alucinamos con los centros comerciales. Y no nos entraba en la cabeza que en las estaciones de metro no hubiera una mala barrera que nos impidiera el paso si no introducíamos el billete. No había barrera, porque ¡confiaban en sus ciudadanos, estos europeos ingenuos!
Afortunadamente y gracias a las becas Erasmus, los jóvenes de años posteriores han podido descubrir otra Europa, sin ningún sentimiento de inferioridad y con las neuronas más preparadas, abiertas y sin tantos prejuicios: seguramente no vuelven con sobresaliente cum laude, pero ya saben que hay vida más allá de los Pirineos. Y que hasta es posible divertirse, disfrutar, hacer amigos o enamorarse igual ¡o
más! que en España, a pesar de no poder comer la paella de los domingos en casa de mamá. La revolución de las líneas aéreas de bajo coste ha acabado por dar la puntilla, y hoy en día casi es más barato pasar un fin de semana en Estocolmo que ir el domingo a Terra Mítica con la familia.
Así que lo reconozco: tengo envidia malsana y asquerosa de esos españolitos que viven por decisión propia la experiencia de pasarse dos, tres, cinco años fuera, y que muestran encantados de la vida las ventajas su nuevo país o ciudad: la locura de Tokio, el ambiente nocturno de Seúl, la hospitalidad de Marraquech, el glamour de Montecarlo, los atardeceres de Nairobi. Y la mayoría de ellos solteros, sin hipotecas, con conocimiento de idiomas y con la familia a una distancia más que prudente. Aún así, cada martes por la noche –después de haberme levantado catorce veces a decir a mis niños que se duerman de una puñetera vez, discutir con mi mujer para ver quién va al banco a renegociar el hipotecario, y acordarme de la madre que parió al cambio climático porque vuelve a llover por enésima vez y hay que meter otra vez el tendedero en el salón– me arrebujo en el sofá a ver qué ciudad sale. Y cuando veo lo mal que lo pasan –y lo que sufren, pobrecitos míos– un par de jóvenes madrileños que tuvieron la desgraciada idea de irse a pasar un año a Río de Janeiro como monitores de «aqua-gym» para las féminas brasileñas, mientras me tomo un triste pincho de tortilla (española) de patatas, sosa y recalentada en el microondas, pienso: joder, es que como en casa, en ningún sitio.