Rafael Ordóñez
La primera vez que lo oyes piensas que tu interlocutor exagera. En la segunda ocasión te quedas aún más perplejo. No es necesidad, Rafael, es hambre. Y van y te llevan a ver las colas ante los salones de Cáritas en demanda de alimentos básicos. Y ves a la gente cargando cajas de leche y paquetes de pasta. Y ves y oyes en televisión la voz, segada por la impotencia, de un tío de un metro noventa, con treinta y cinco años, con tres hijos, que ignora cómo va a llegar, no a final de mes, si no al final del día. Y escuchas a una mujer joven, sana y fuerte que le niega a su hija un helado porque no hay para tales lujos. Y así hasta donde quieras. Y sumas en tu sentirte simplemente humano y notas como la adrenalina te va inundando el córtex cerebral y das gracias a Dios por tener esta púlpito semanal que te conceden los que aún creen en la libertad de expresión. Y dices lo voy a contar y lo cuentas. Y cuentas que en Málaga el setenta por ciento de los pensionistas no pasan de los seiscientos euros mensuales, y que con esa miserable cifra están comiendo ellos y tratando de que coman sus hijos en paro. Y cuentas que a tu amigo Ángel, inválido, minusválido, discapacitado grave, o como puñetas se diga, le han reconocido una invalidez del setenta por ciento, pero que la palomita de la chistera de la ley de dependencia no se la aplicarán hasta el año dos mil trece; de momento. Y cuentas que tu amigo Gabriel, clavado, con cuarenta y cinco años, en la cruz de una cama, incapaz de casi cualquier actividad física y psíquica, espera el alta de un centro hospitalario malagueño, mientras el Estado esquilmador y tragasueldos no sabe no contesta sobre qué será de él tras el alta. Y no sigues contando porque te quedas sin espacio en tu artículo.
Y frente a este escenario de desolación crece y se levanta el telón de la conjura de los necios, de la representación de la indolencia, del les da igual. Me refiero, cómo no, a esta clase política que por muchos que sean o hayan sido nuestros pecados no nos merecemos. Ahí están. Ahí los tenemos, con sus multimillonarios sueldazos, caiga quien caiga. A la hora que es aún no han tenido el menor gesto de solidaridad. No se han rebajado sus meganóminas ni un solo euro. Es más tratan de conservarlas de por vida. Si no es así, cómo entender la última escandalera de la gerencia de urbanismo de nuestra ciudad. Allí hay un grupo de empleados que cobraban noventa mil euros, quince millones de pesetas, cuando desempeñaron no sé que beneficiado, prebenda o canonjía y ahora, tiempo después de haber dejado el cargo, siguen cobrándola. Esto es lo que nos ha dicho el comité de empresa. ¿Qué dirán los protagonistas de la primera parte de este artículo? Se lo preguntaré y ustedes lo sabrán. Si miras a Madrid, directamente te da el infarto. Un gobierno que les regala ciento cincuenta mil millones de euros a los grandes culpables de la crisis, los bancos, sin que hayamos visto los ciudadanos un solo duro de esa monstruosa cantidad, va ahora y nos mete la mano en lo bolsillos para que con nuestro sudor enjuguemos el despilfarro y el reparto de dádivas a amiguetes, colegas y conmilitones.
Y es que ha sonado la hora de los profetas. Tienen que salir a las plazas y a las calles los que tienen las manos limpias y conservan un ápice de autoridad moral. Al estilo de los profetas del antiguo Israel deben señalar con el dedo al césar y a toda la cohorte de virreyes que se reparten la nación a dentelladas mientras el pueblo languidece exhausto. Pensadores, comunicadores, intelectuales y profesionales honrados tienen que ocupar el espacio público y denunciar voz en grito. No importa el precio a pagar. Los que no tienen voz esperan.