Javier La Beira
Los filósofos y los pseudofilósofos, desde Tales de Mileto al tal Jesús Quintero, con perdón, siempre han sido seres muy audaces. Sin haber consultado a Cayo Lara, quizás por una comprensible precariedad de índole bibliográfica o quizás porque no lo creyó del todo necesario, un griego llamado Platón tuvo la osadía, hace ya algún tiempo, de escribir el tratado que intituló "La República". No se lee, la verdad, con la misma facilidad con que se leen las novelas de Stieg Larsson y Arturo Pérez Reverte, pero tampoco se cae de las manos cual ladrillazo. Una vez superados ciertos prejuicios, la lectura de los filósofos de la Grecia Antigua, con excepciones, sorprende por su amenidad y, especialmente, por su vigencia. Eso ocurre con algunos capítulos, denominados libros, de "La República". Cabe suponer entonces que si hubiera tenido en consideración las siempre agudas observaciones de Cayo Lara, el señor Platón lo habría bordado.
Los libros VI y VII de "La República" se han hecho célebres, todo lo célebre que puede llegar a hacerse un capítulo de un tratado de filosofía, por hallarse entre sus páginas la formulación del célebre mito epistemológico de la caverna. Sin embargo, desde la lógica luminosa, nos ofrece también una serie de revelaciones aplicables a nuestra política actual. Así, partiendo de la curiosa idea de que los amantes de la verdadera filosofía están destinados al gobierno del Estado, Platón objeta que la mayoría de los que se llaman filósofos no están capacitados para gobernar, pese a sus virtudes, ya que se hallan expuestos a múltiples tentaciones, sobre todo a dos: el halago de la multitud y la riqueza. Tal vez podría haberse ahorrado, nunca mejor dicho, la primera tentación. He ahí, en la segunda tentación, creo yo, la madre de todos los corderos domésticos y universales.
Ayer en Benidorm y mañana, se vislumbra, en un pueblo de Galicia, allá y aquí, en la provincia de Málaga, donde los casos han proliferado como hongos en esta legislatura, la penúltima práctica espuria, en sus dos acepciones académicas, de la política española es el transfuguismo. Hasta el término es espurio. Consiste, simplemente, en vender el voto al mejor postor. El tránsfuga juega con la ventaja de que siempre hay un partido grande que, disimuladamente o no, le apoya, y el inconveniente obvio de que queda como un vendido, pero lo que no vende un pimiento es la ética personal hoy en día, y tampoco anteayer, a juzgar por los versos gongorinos: "Ande yo caliente, / y ríase la gente".
Desde luego, nada se extrañaría Platón de estos tejemanejes. Puede incluso que, llegado el momento, recordase a los medios de comunicación su definición de la retórica como la capacidad de compararlo todo con todo. Los tránsfugas de la política, ya saben, aseguran siempre que toman sus decisiones por la mejor gobernabilidad de su pueblo. Como me molesta que me tomen por gilipollas, me ofrezco a darles de gratis un andamiaje pseudofilosófico donde sustentarse. Merced a una lectura oportuna de "La República", estos oportunistas tendrán la oportunidad declararse seres neoplatónicos, en la línea de Plotino, Agustín de Hipona, más conocido como San Agustín, lo digo por los tránsfugas meapilas, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Richard Aungerville… Y si se trata de estirar la cuerda, sepan que el propio Bécquer es considerado un neoplatónico, por lo que tienen sus versos a mano, empezando por el de las estúpidas madreselvas que vuelven y vuelven a volver.