FRANCISCO ROMACHO
Qué suerte es tener un cortijo/con parrales, pan, aceite, carne y luz/y medio millón de reales y una mujer como tú". Dice Chaves (Nogales) en su deliciosa biografía de Juan Belmonte que todo lo que el andaluz pobre anhela en su vida se encierra en esta coplilla nacida de las gañanías: así es la felicidad tal y como los braceros andaluces son capaces de representársela. Y así se la representaba el propio Belmonte, que de pobre y hambre había hecho unos cuantos doctorados y la miseria siempre le había ido a los alcances: "Dueño y señor de un cortijo con medio millón de reales en la gaveta y recién casado, me sedujo la idea de consagrarme a aquel ideal de felicidad perseguida por todo andaluz: quise ser como los ricos de mi tierra, labrador y casinista, señorito en el campo y hombre de pueblo en la ciudad".
Corren los mismos años treinta y Estados Unidos atraviesa eso que dio en llamarse la Gran Depresión y que se nos ha reaparecido tan lustrosa de un año y medio acá. John Steinbeck escribe una gran novela épica y conmovedora en la que narra la odisea de la familia Joad, su éxodo de Oklahoma a California en busca de mejores condiciones de vida y su batalla contra la violencia y la injusticia del capitalismo salvaje. La edición que me tocó leer tenía más de setecientas páginas y una frase: "Cada vez que a padre le han enseñado un papel a lo largo de su vida, alguien le ha quitado algo".
En estos días de los primeros membrillos se ha recordado con abundancia de munición que se cumple un año de la caída del banco de inversiones más grande del mundo. De aquellas proclamas contra el capitalismo más atroz, contra el mundo de los banqueros arrogantes y despiadados y del arrepentimiento por tanta ceguera, apenas quedan hoy noticias. La vuelta de la burra al trigo ya está de nuevo en los periódicos salmón. Alan Greenspan, el gurú caído de la crisis, no se ha cortado en proclamar que antes o después se repetirá una nueva crisis financiera derivada de la vuelta a la especulación con un argumento que empata con el del personaje Steinbeck: es algo que está en la naturaleza humana. Las crisis las provocan las codicias de los ricos y las pagan las penurias de los pobres.
Mientras Zapatero y Griñán se comen el marrón político, subida de impuestos incluida, de limpiar los vómitos de la orgía especulativa española, la derechona se organiza multitudinarios mítines para celebrar el aumento de pobres y parados, en la certeza absoluta de que cuanto más grande sea la ruina que provocaron más pronto ganarán las elecciones. En ese territorio de la ansiedad electoral, nadie más obsesionado que Arenas, que le demostró a Rajoy en Dos Hermanas su capacidad para llenar (eso sí, pagando) cientos de autobuses de aquellos labradores ricos y casinistas que quiso emular Belmonte.
Salvo la tracción, que antes era animal y ahora es a las cuatro ruedas, las derechas andaluzas no han cambiado demasiado. Está en su naturaleza. En estos días de los primeros membrillos también circula con furor el video de la hipermegapija con balcones Carmen Lomana, en el que, con la misma soltura que Greespan, desnuda el pensamiento pepero de toda la vida: los pobres están acostumbrados a las crisis y la llevan con familiaridad y soltura; pero la tragedia verdadera es para sus amigos, que tienen mucho patrimonio pero nada de cash (sic). Por unas horas con rumbas de un precioso domingo de septiembre, el espíritu Lomana anidó en el corazón del socialismo andaluz. Qué suerte es tener un cortijo con parrales, pan, aceite y carne y luz. Y con cash, cohone.