Rafael Torres
Mejor que castigar más si cabe el ahorro con los nuevos impuestos que lo gravan sería, con crisis y sin crisis, fomentarlo, cual dicta no sólo la lógica, sino la propia cordura. El ahorro, que coaligado con la austeridad y con el sentido común protege del préstamo, de la usura, del embargo, del desahucio, del agobio y de las ganas de morirse, favorece la manumisión del asalariado, refuerza la autonomía y la libertad del individuo y, en lo colectivo, permite atender las demandas sociales sin necesidad de que el Estado se de a la exacción y al atraco, debería inscribirse como precepto constitucional. El Estado, por tanto, debería cultivar preferentemente el ahorro sobre el robo y el pillaje, y a tal efecto, en vez de establecer un sobreprecio en los artículos y bienes indispensables,podría retirarles el sueldo a los diputados que no asisten a las sesiones del Congreso, o sea, que no comparecen en su puesto de trabajo, y, desde luego, a los que se dedican a otras cosas y ganan con ellas para vivir perfectamente. De paso, se conseguiría que a la política no se acerquen los holgazanes y los pillos, pues de ella no habría nada que rascar.
Si la razón de que los diputados cobren del Estado por serlo radica en que la atención al trabajo parlamentario les impide ocuparse de otro con el que proveer a sus necesidades, está claro que se derrocha sin sentido el dineral que cuestan, pues una buena parte ni atiende al trabajo parlamentario ni dejan de ocuparse de otros, por lo común muy bien remunerados. Si han de recibir estipendio, que lo reciban modesto, condicionado y limitado en el tiempo, y, por supuesto, incompatible con otros ingresos. El ahorro en los sueldos de tanto arribista, de tanto absentista y de tanto zángano, haría probablemente innecesario el incremento de un punto del IVA en el precio de los zapatos.