Un faro para Marbella

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Juan Gaitán Cuenta Julio César, en su obra "Guerra civil", que hay una isla delante de Alejandría de nombre "Pharo", con "una torre de gran altura", que tomó el nombre de la isla sobre la que se asentaba. Luego, en un curiosa obra de un tal Solino (de la que tuve conocimiento, como de otras muchas cosas, gracias a un artículo del inolvidable Don Manuel Laza Palacio, de quien se cumple este año el centenario de su nacimiento sin que casi nadie quiera acordarse), se señala que "Pharos es una colonia fundada por César, desde la cual con hogueras encendidas se dirige la navegación nocturna, por esto a los ingenios hechos en los puertos para que luzcan de noche se les llama pharos". Hasta ahí quería yo llegar, hasta esa definición de "ingenios hechos para que luzcan", que no otra cosa debe ser un faro. Y eso vale también en sentido metafórico, y la luz que proyectan puede ser, sin duda, la luz de la cultura y el conocimiento.
Hace tiempo que los faros dejaron de estar habitados, que ya no cuentan con la romántica imagen del farero que vive en él, muchas veces aislado de todo, constantemente preocupado de que las señales guíen a los barcos. La gran mayoría de estas torres de señalización ahora están deshabitadas y su funcionamiento automatizado.
Pero en algunos lugares a los faros se les ha dado una segunda vida. Por ejemplo, en el Principado de Asturias están viviendo una segunda edad de oro tras su reconversión en miradores, yacimientos arqueológicos, centros de interpretación y espacios expositivos. Con estas actuaciones ya no son sólo un referente para las embarcaciones que cruzan el Cantábrico, sino que se han convertido en un importante recurso de atracción turística.
Este movimiento comenzó a inicios de los años 80, cuando el edificio donde vivían los torreros perdió su utilidad, y ha supuesto un gran beneficio social y cultural para su zona. Algo parecido ha ocurrido en Santander, donde el Faro de Cabo Mayor se ha convertido en un centro de arte, con salas de exposiciones y un centro de documentación. El viejo faro de mi muy querida ciudad de Santander, a la que siempre estoy volviendo, está ahora dedicado a las artes plásticas y acoge obras de artistas como Eduardo Úrculo, Guillermo Pérez Villar, Eduardo Arroyo o Carlos García Alix. Una iniciativa algo distinta se llevó a cabo en Galicia, donde la antigua vivienda del farero de Punta Cabalo, en la ría de Arousa, acoge un restaurante.
En todos los casos los faros siguen manteniendo sus funciones de señalización marítima, pero al mismo tiempo han adaptado sus instalaciones para albergar actividades culturales. Algo así es lo que pretende la Extensión de Marbella del Ateneo de Málaga, seguir estos mismos pasos y convertir al de Marbella en un proyecto abierto dedicado a la cultura, que tanta falta hace. Convertir el faro de Marbella en una luz que irradie cultura a la ciudad es un proyecto necesario que merece llegar a buen puerto con el apoyo de todos.

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