Manuel Jiménez Friaza
Cuando escribo esto aún no sé a qué albur habrá quedado la candidatura olímpica de Madrid para los Juegos del año 16 –ni mucho me importa, la verdad– pero sí que harta la falta de pudor con que instituciones y medios de información se han involucrado en esta campaña ya cansina y añosa, a falta de mejor fin y con el resabio de las Olimpiadas de Barcelona al fondo. Una más en este patriotismo precario que se quiere construir a golpe de eventos deportivos y de derroche, de movilizaciones de la familia real y del presidente del gobierno, de los astros del deporte más en el candelero o del anciano –siempre dispuesto y militante– Samaranch.
Digno de mejor fin, desde luego, tamaño empeño y confluencia de medios en generar entusiasmo colectivo en nuestro país. Pues lo cierto es que este pueblo ha estado siempre tutelado en los límites en que debe moverse su pasión e ilusiones, su memoria, pensamiento y proyectos; y es al deporte olímpico –flor de oro de la Transición– al que le toca ahora marcar ese límite. El periodista y escritor Guillem Martínez es quien mejor ha precisado esa tutela con la metáfora del tapón. Un tapón cultural más que generacional –según contaba en una entrevista que leí en la página web del Círculo de Bellas Artes– formado por lo que él llama la Cultura de la Transición.
Una C. T. (llamémosla como él, con las siglas de una institución estatal) que, una vez orillado en los márgenes la escasa, pero vieja y fértil, tradición del pensamiento crítico y libertario español, ha sido concienzudamente pulida en su versión oficial como la única posible. Presentada desde hace años por el nuevo PP de Aznar –en una meticulosa labor de rearme ideológico no suficientemente reconocida– como el paradigma de la España moderna ha sido asumida por nuestra izquierda política con una docilidad también digna de más nobles fines.
A tantos años de distancia, aún siguen siendo tabú entre nosotros la Monarquía y la Iglesia, los límites de la propiedad y el lucro o el indecente 1% de las sicav de los grandes patrimonios. Cualquier debate sobre la justicia social es desplazado automáticamente entre nosotros, como recordaba también Guillem Martínez, en favor del enervante debate territorial. Si Barcelona es el fantasma o aparición de fondo que sirve de acicate al irredentismo olímpico de Gallardón, no quiero decirles nada sobre la que se va a armar cuando el Tribunal Constitucional dicte resolución sobre el Estatuto de Cataluña.
El guión de hasta dónde debe ser pensada y soñada nuestra historia como pueblo lo marcan series televisivas de éxito y muy longevas ya como ´Cuéntame´ o ´Amar en tiempos revueltos´. Si en ésta última el giro ha sido sutil –aunque muy grosero en sus anacronismos lingüísticos–, en ´Cuéntame´ la voz en ´off´, cuyos inquietantes armónicos remiten de tal manera al NODO cinematográfico, mantiene y explica, sin dejar resquicios a cualquier otra interpretación que las misma imágenes o emotividad de los actores pudieran sugerir, la versión oficial de la C.T.
Un tapón cultural, de real ideología única, que ha llevado ante los tribunales al único magistrado que quiso levantar acta del genocidio franquista; que traza con tiralíneas preciso un cine español que arranca en Almodóvar y termina en Amenábar; que cuida de tamizar la literatura contemporánea española en la criba por la que pasan sólo los grumos gordos de Ruiz Zafón o el inevitable Alatriste. Y tantas verjas más como delimitan el particular jardín cerrado de la España de ahora, a la que toca, a lo que parece, entusiasmarse con unos juegos olímpicos para Madrid.