Jesús Aguado Fernández
La desaparición de una colección de libros de poesía, sobre todo cuando ha estado subvencionada por alguna administración pública, es materia digna de reflexión. Ya sabemos la delicada relación que existe entre el poder y la cultura, sobre todo con esa parte de la cultura que, por ser minoritaria, no tiene fuerza suficiente como para convertirse en industria. El cine o la música pop, capaces de arrastrar masas y, a resultas de ello, de hipnotizar los presupuestos culturales de cualquier institución, no pueden equipararse, en este sentido, a la poesía o a la música de vanguardia, que siempre parecerán estar mendigando las migajas del pastel de esos presupuestos. El poder político y la poesía se han movido, a lo largo de los siglos, en un terreno de soterradas incompatibilidades (sus intereses y sus propuestas existenciales son antagónicos, por no decir que están abiertamente en guerra) que poco a poco, al menos en las sociedades más avanzadas, han encontrado un terreno neutral de respeto mutuo que tan buenos frutos ha dado y está dando en lo que a la creación y edición poética se refiere.
Málaga es un buen ejemplo de ello: la Generación del 27, el Centro de Ediciones de la Diputación, el Ayuntamiento, el Instituto Municipal del Libro o la Fundación Unicaja, ésta por su cuenta o vinculada a las anteriores instituciones, llevan décadas distinguiéndose por editar o apoyar extraordinarias colecciones de poesía que han convertido a nuestra ciudad en referente y envidia nacional. Cientos de títulos y autores de todas las tendencias estéticas, generaciones, grupos de influencia, centrales y periféricos, consagrados y noveles, malagueños, españoles o extranjeros. Un océano de poemas memorables en el que destaca negativamente, desde mi humilde punto de vista, la colección ´Ancha del Carmen´, la cual, dependiendo del patrocinio del Ayuntamiento de Málaga, ha sido recientemente cerrada por éste. ´Ancha del Carmen´, quizás la peor colección de libros de poesía malagueña de los últimos cincuenta años, se ha distinguido desde el principio por renunciar al mínimo sentido crítico que debe avalar cualquier empresa cultural, dando siempre la sensación de que el interés principal de la misma se lo repartían estos tres objetivos extra-literarios: el económico-político de quien la dirige, la contribución a la creación de un poder o contrapoder socio-literario, que ya tiene otras ramificaciones sobre todo en nuestra Comunidad Autónoma, gracias al cual aspirar a reconocimientos oficiales y subvenciones, y el violento odio verbal, expresado en suplementos culturales, columnas de periódicos y blogs, y que parece un placer en sí mismo para quienes lo practican, hacia todos aquellos que no se alinean con su ´ejército de luchadores románticos, utópicos y malditos armados de la verdad´. Poca poesía y mucha política. O para ser más exactos: poca poesía para que haya mucha política, el aplastamiento en secreto de la poesía por la peor versión de política (la política ejercida como interés personal y no como interés público) mientras quien lo hace se proclama a los cuatro vientos como un esforzado defensor de la poesía, doble moral, o cinismo a secas, en cuya trampa han caído muchas personas de buena fe.
´Ancha del Carmen´, de tan exquisito diseño, se merecía haber tenido otra singladura. Pero cuando desaparece una colección de poesía porque ésta ha sido mal gestionada, la culpa tendría que recaer en quien la ha gestionado mal. Porque hacer que desaparezca una colección de poesía mal gestionada es un acto de defensa de la buena poesía (y de la buena gestión poético-política), algo que difícilmente admitirán quienes se han autoerigido en (falsos) mártires de la causa poética.