Guillermo Busutil
José Antonio Muñoz Rojas se murió de la misma manera que había vivido. Sereno, sin hacer ruido, sin la ambición de ser protagonista de los oropeles sociales y literarios de la vanidad. Igual que si hubiese querido no estar presente en los actos que, con motivo de sus cien años, rendirán homenaje a su aportación poética, a su vínculo con el paisaje que forjó su mirada ensoñadora, su querencia solitaria, su amor por la belleza del mar inmóvil de la vega antequerana. Esa tierra a la que él llamó norte de su pluma y que, a lo largo del tiempo, impregnó de brisa verde y escarcha melancólica su vida y también su poesía, reconocida con el Premio Nacional por el extraordinario libro Objetos Perdidos y con el Reina Sofía al conjunto de su obra. Una obra extensa, filosófica, honda y sencilla a la vez, dividida entre la visión humanística del amor, de la religión, del entorno cotidiano y de la religión interiorizada desde la duda, presentes en sus versos; entre la traducción enriquecedora de la obra de Wordsworth, de T. S. Eliot y de G.H. Hopkins; entre los diálogos emotivos e intelectuales con Aleixandre, con Dámaso Alonso, con Gerardo Diego y con Alfonso Canales, junto a otros afectos que le inspiraron escribir que "los amigos son tu camino"; entre la sobriedad castellana de su prosa, menos conocida pero igualmente brillante.
Pero por encima del valor de su obra, que será minuciosamente diseccionada y puesta en valor en el congreso de esta semana que entra, está la humilde grandeza de un Muñoz Rojas al que siempre he comprado con Miguel Delibes. El otro gran maestro, igual de tímido y reservado, que hizo del campo su morada y su manera de mirar y de pensar la vida y la palabra creativa. También ambos compartieron esa clase de amor en canto a sus compañeras, anclas de tierra de firme, y al vacío que les dejaron sus ausencias. Dos hombres unidos por la sombra fiel de los perros que entienden el recogimiento y el dolor callado de sus amos; por su manera de aprender de la sabia naturaleza de los campos cuyos signos ya no saben leer ni disfrutar las nuevas generaciones. Miguel Delibes y Muñoz Rojas, gemelos igualmente en su manera de ser hombres sencillos y de pocas palabras, ejemplos de dignidad y generosos anfitriones de los jóvenes aprendices que peregrinan en busca de enseñanzas. Esa personalidad de hombre sabio, instalado en la mesura y en la discreción, es lo que admiré siempre de Muñoz Rojas y esa esencia es la que lo convirtió en un señor andaluz. Lo contrario de esa figura del señorito arrogante, de hacienda y jaca, que aún hoy día campea por las vegas que heredan y en las que jamás labrarán palabras que son olivos, pájaros, viñedos, arroyos y musarañas.
Con la muerte de Muñoz Rojas, la poesía pierde a un brillante "sobrino" de la Generación del 27, a otro de los poetas que hicieron de puente entre el grupo que homenajeó a Góngora y los que en Córdoba y en Málaga hicieron de sus versos un cántico y una caracola. Con él se acaba un siglo (al que sólo le queda Francisco Ayala) definido por las vanguardias, por la cultura, por los despropósitos de las guerras cainitas, por la reflexión filosófica del hombre que se sueña libre. Las enseñanzas cuyas raíces se agostan bajo el secanal en el que hemos convertido la vida, los campos y el lenguaje. Afortunadamente nos queda su poesía, la que entre otras cosas nos enseñó que "nadie sabe las palabras que caben en un silencio", como el que en estos días acompaña a su familia y a los amigos que comparten la certeza de que su obra será un olivo para la eternidad.