Javier La Beira
A instancias de la Confederación Sindical Internacional, el pasado 7 de octubre se celebró en medio mundo, Málaga incluida, la denominada Jornada por el Trabajo Decente. Toda vez que se celebra por segundo año consecutivo, muy pronto, quizás ya el año próximo, será considerada una tradición, y a ver quién es el listo que duda de que esté en vías de llegar a evento. Sin desdoro entonces del éxito de la iniciativa, faltaría más, me pregunto qué se entiende hoy por un trabajo decente.
La Organización Internacional del Trabajo lo ha definido como aquel que conlleva un salario digno y una protección social básica. Siendo plausible el esfuerzo de la OIT, el concepto, a mi juicio de lingüista, peca de relatividad, lo cual supone una falla terminológica, y de subjetividad, lo cual le acarrea un problema de orden pseudometafísico. Aunque todos nos hacemos una idea sobre lo que significan un salario digno y una protección social básica, se me antoja que no todos nos hacemos precisamente la misma idea, y, en muchos casos casi clínicos, ni siquiera una idea aproximada. Tal vez ello explique que los sindicatos españoles dedicaran las manifestaciones del día 7 a exigir al Gobierno que aumente la protección a los trabajadores y a los empresarios que desbloqueen los convenios colectivos pendientes por las diferencias en materia salarial. Se ve que el sueldo es un concepto mensurable, contante y metafóricamente sonante, en tanto que resulta bien complicado aquilatar el grado de decencia de un trabajo.
A propósito de la publicación de un libro nuevo sobre Melchor Rodríguez, ese héroe auténtico, él sí, cuyas filantropía, valor y determinación salvaron innumerables vidas en nuestra horrenda Guerra Civil, un crítico ha recordado que, ya a mediados de los años cincuenta, el llamado ´ángel rojo´, quien en los tiempos de la cólera española antepuso su primera condición a la segunda, atornilló una placa a la puerta de su domicilio madrileño, curiosamente en calle Libertad, que rezaba así: "Melchor Rodríguez. Título de honor: persona decente". Si alguien cae en la tentación de creer, según este gesto, que Melchor no era un paradigma de humildad, piense en el sentido de recordatorio ético a los gerifaltes de aquella España injusta hasta la náusea, hambrienta de ética política y humana, por parte de un hombre que había mostrado, él sí, frente a tantos miserables y criminales de ambos bandos, que otra actitud era posible.
Queda claro, al menos para mí, que la decencia es un calificativo que casa mejor con las personas que con los trabajos. La prueba está en que igual ocurre con su antónimo. ¿Qué trabajo es indecente? Pues depende del punto de vista con que enfoquemos la cuestión. ¿El de las prostitutas? Anda ya. Por contra, se ve a la legua la indecencia de algunos sujetos en el desempeño de su, en principio honesta, tarea laboral. Todavía causan repugnancia las fotografías de Luis Roldán en ´Interviú´, donde se mostraba que aquel director de la Guardia Civil, amén de un redomado chorizo, era una criatura incompatible con la decencia. Recientemente, las conversaciones intervenidas por la Policía a Francisco Correa van por idéntico camino. A estas alturas, nadie va a asustarse por conocer que gentuza de esta calaña suele adobar sus corruptelas con orgías picantes, desde luego con prostitutas, porque si no… No obstante, da grima leer que, para convencer a un compinche, Correa le narraba una fiestecilla "de puta madre" donde él y "todos los demás estaban allí en pelotas, cada uno con una tía". Me cuesta trabajo explicarlo, pero creo que se me entiende cuando afirmo y reafirmo que este tipo de tipejos, típicos en todos nuestros partidos políticos, me da casi náuseas.