Adiós al colegio, adiós

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José M. Domínguez Martínez* Raro será encontrar a algún malagueño que, habiendo sido niño en la ya lejana década de los años sesenta del pasado siglo, no verifique las dos siguientes condiciones: haber sido por aquel entonces un ferviente admirador de Marisol, y recordar hoy la célebre canción de su despedida del colegio, protagonizaba por la actriz en la película "Un rayo de luz", que todavía se sigue reponiendo en algunas cadenas de televisión.
Con independencia de los tintes nostálgicos de ese tema musical, pienso que, con esa letra o con cualquier otra, poder entonar un día una canción de esa naturaleza, normalmente en la adolescencia, debe representar un hecho afortunado y feliz, no por lo que significa –podrían pensar algunas personas– de punto final a un período difícil, sino por lo que simboliza: la etapa escolar constituye, en mi opinión, una fase crucial en nuestra vida, que nos abre nuestra mente al mundo del conocimiento sin límites, que nos esculpe nuestra personalidad, que pone a nuestro alcance la llave principal para poder construir nuestro futuro.
Aún hoy, cuando estamos completando la primera década del siglo veintiuno, subidos en la cresta de la ola de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, asentados en la denominada sociedad del conocimiento, hay, sin embargo, multitud de niños que nunca podrán entonar esa canción con propiedad. En muchos casos, porque las cotas de miseria, de pobreza y de marginación son tales que, por sí solas o aliadas con el azote de enfermedades implacables o conflictos bélicos endémicos, no permiten las mínimas condiciones para sustentar la actividad educativa, que tiene que ponerse a la cola de otras prioridades como la propia subsistencia.
La educación obligatoria y gratuita en el ámbito de instituciones especializadas ha sido una de las grandes conquistas sociales y constituye uno de los derechos humanos fundamentales, aunque, como tantos otros, no pueda llevarse a la práctica en todas las latitudes, particularmente en los países subdesarrollados, atrapados en círculos viciosos sin vías de escape.
Paradójicamente, sin embargo, nos encontramos ante la sorprendente situación de que, en el país más rico y poderoso del mundo, Estados Unidos de América, un colectivo de niños, todavía modesto (en torno a dos millones, o sea, algo más de un 3% de la población en edad escolar), pero con tendencia a incrementarse, permanece al margen de los centros escolares. En estos casos, la razón de la exclusión no radica ni en la falta de recursos económicos o de oferta pública de colegios, ni en el deseo paternal de no dotar a los hijos de educación. El motivo principal consiste en una desconfianza hacia el sistema educativo, que, a juicio de los progenitores de los niños, no se ajusta a sus exigencias en el plano formativo.
Las familias que adoptan esa drástica posición transforman sus hogares en escuelas, donde el padre y/o la madre –en algunos casos, abandonando el mercado de trabajo- asumen directamente la función docente. Aunque hay una gama de motivaciones para la adopción de una decisión tan radical, el deseo de garantizar una estricta formación religiosa, acorde con los valores morales que los padres quieren inculcar en su descendencia, es la fuerza principal de dicha corriente.
Al margen de que hay padres que quieren mantener a sus hijos libres del peligro que atribuyen a ciertas enseñanzas como las teorías darwinianas, la opción por la escuela en el hogar encuentra argumentos, entre sus defensores, en el deterioro del clima en algunos centros educativos, en tanto que la disponibilidad y la extensión de los medios tecnológicos ofrecen herramientas inestimables para llevar a cabo una labor autónoma.
La institución docente es uno de los logros fundamentales de la modernidad: no sólo cumple el papel fundamental de ayudar al aprendizaje y a la transmisión del conocimiento, de la mano de profesionales especializados; también desempeña otras funciones esenciales como el desarrollo de relaciones sociales y, sobre todo, posibilita sumergirse en un entorno de diversidad, donde, tal vez lo más importante, sea la capacidad de aprender a convivir en el respeto hacia los demás.
Los padres tienen reconocido el derecho a elegir la educación de sus hijos, pero la apertura de la mente que puede propiciar el paso por un centro escolar es también un derecho inalienable de las personas. En caso de conflicto, ¿cuál de los dos debería prevalecer?


* Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga

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