Manuel Laza Zerón
He entendido bien que lo usted me propone es un asunto económico?
– Lo es, caballero. Usted me pone un café dentro de una taza, y yo le abono lo que ahí aparece marcado: "El Presidente del Gobierno dice que un café vale 80 céntimos". Y creo que hasta dudó de que fueran 70. ¡Es sólo cuestión económica!
– Señor, eso es un diario. Y además, es de hace muchos meses. Un café ya valía más cuando lo dijo, con que imagínese ahora. Así que sus ideas económicas, trasnochadas andan. Tanto o más que la del señor presidente y el dichoso café.
– ¡Pero lo dice el Señor Presidente! ¡Don ZP, nada más y mucho menos!
– Como si lo dijera el Tato. O me paga el euro, o no hay café. ¡Y en ná, 1,20! Sube el IVA. Y el venía, al paso que esto va.
– Cómo está la prensa, por todos los diablos. El otro día, sin ir más lejos, me comentaron un gran poema, y muy hermosamente escrito por cierto, en honor del gran antequerano (: el que paseaba con Manuel Alcántara, por la Castellana, y le refería cosas curiosas que hoy mucha gente seguro que ignora), Muñoz Rojas, y buscando buscando yo el nombre de mi amigo y gran poeta, ¡como que no lo ponían! ¿Será posible tamaña felonía?
– ¿A qué amigo suyo te refieres?
– Al autor de "Memorias de un equilibrista", al autor de una futura novela que va a ser un revulsivo en el panorama estético de la prosa, su arquitectura novelística, y sus posibilidades poético-narrativas. Y de muchas cosas más.
– ¿De qué novela me habla usted?
– Ya te dije: aún no está acabada. Y tardará unos meses en poder ser publicada, así que se acabe. Se llamará..., ya me lo dirá. ¡Gran poeta, por cierto, Juan!
– Será un nombre hermoso. Exótico: que sugiera, atraiga ¿Y quién es su autor?
– ¿El poeta silenciado con felonía? Juan Gaitán se llama. Y es periodista.
– ¿No podría ser un olvido? ¿Un lamentable olvido? Dice uno, vamos.
– Podría, sí señor. Pero más lamentable es que la no pertenencia a capillitas y cosas similares, unida a la calidad intrínseca del "rebelde con causa", llegue a marginarle. Eso sí que es de notar, anotar, y en cuanto fuera posible, tachar.
– ¡Alto ahí: tachar, no! Esa tarea le pertenece a la Mari-Clío, como la llamaba Galdós: La Señora Historia es muy celosa con sus verdaderos hijos, que son los que la ponen en letras mayúsculas de vez en cuando. César, Cortés, Lope de Vega.
– Humm... Si me pusiera un ejemplo, lo entendería mejor.
– ¿Ejemplos, ejemplitos a mí? Veamos: ¿qué gran autor español recuerda usted que estuviera en Lepanto, en la batalla naval?
– ¡Cervantes, eso es muy fácil! ¿Quién no conoce al "Manco de Lepanto"?
– ¿Y quién era el capitán de la nave donde iba Cervantes?
– Esto..., ¡eso ya es mala leche, señor! ¿Cómo me voy a acordar de todos los que iban en la nave? ¡Pero está en los libros!
– No dije todos. Dije el capitán. Y sí, está en los libros, pero en letras menudillas.
– Eso, seguro.
– Pues lo mismo pasa con los cabildeos. Y en todo: en literatura, en política, en pintura, en todo, amigo, en todas partes nos topamos con... "olvidos lamentables".
– Es verdad, es verdad. Hay quien se reúne a hablar de Literatura, (que no está mal, de higos a brevas), y quien se aísla a hacer Literatura, que es preciso, siempre.
La charla entre camarero y cliente derivó hacia otros derroteros. Y el café sube y sube. Esto es un asunto cada vez más complejo, me temo. Todo: crisis y cabildeos.