Juan Gaitán
A las horas en que proso estas líneas todo debe estar ya decidido en el Premio Planeta, aunque no se dará a conocer finalmente hasta la madrugada. De modo que escribo sin saber en quién recaerá el sonoro galardón y los aún más sonoros 601.000 euros del premio. Al cabo tanto da, porque esto no va exclusivamente sobre el Planeta y si lo ganará definitivamente, como se rumoreaba, el tal Risto Mejide, que como todo el mundo sabe tiene una larga y consolidada trayectoria literaria a sus espaldas. También podría ir de un Premio Nacional de Narrativa concedido a una novela que la gran mayoría de los españoles no ha podido leer porque sólo se encuentra en euskera, y de tantas y tantas cosas.
Desde hace ya algunas décadas muchos premios literarios de postín cruzaron a lo que Obi Wan Kenobi llamaría "el lado oscuro de la fuerza". Desde que la literatura dejó de ser un asunto de letras para convertirse en una cuestión de números, en un negocio floreciente donde mucha gente que no hace demasiado gana mucho dinero (el que menos, siempre, el autor), una gran mayoría de premios literarios sólo ha servido para que un libro tenga mejor tirón publicitario, no necesariamente para determinar a la mejor obra o al mejor autor.
Con todas las salvedades que queramos señalar, pues por fortuna algunas quedan (como la concesión del García Lorca al inmenso José Manuel Caballero Bonald, sin ir más lejos que a la semana pasada), la verdad es que mayoritariamente los premios se distinguen entre aquellos que los miembros del jurado dirimen entre sus amiguetes (favor que luego, siendo ellos jurados, devolverán) o aquellos en los que el editor impone a alguien lo suficientemente famoso como para garantizar una soberbia campaña publicitaria gratuita en los medios de comunicación que hará que las ventas de ejemplares compensen, sobradamente, la alta cuantía económica del premio. Esto supone, amén de la perversión (prostitución también podría decirse) del premio, que no tenga importancia alguna si el ganador es escritor o no. Basta con que sea famoso, lo que hoy equivale a salir en la tele, lo que situaría a Belén Esteban como una magnífica candidata.
En realidad, no habría por qué escandalizarse. El negocio editorial (no confundir con la literatura, eso es otra cosa) es eso, un negocio, y quienes invierten en él tienen derecho a hacer lo que crean más conveniente para ganar dinero. Pero no parece del todo honesto que quieran hacer creer a la gente que cualquier zoquete que sale por la tele balbuceando insultos es un escritor de primer nivel, capaz de vencer en buena lid a cientos de participantes. Un escritor tan bueno, tan bueno, que ya con su primera obra, sin entrenamiento previo, sin años de ejercicio de un oficio que, como todos, hay que aprender despacio, es capaz de alzarse con el galardón. Confundir eso con la literatura es un error del mismo tamaño que confundir el cotilleo con el periodismo.