RAFAEL ORDÓÑEZ
Todos los que hemos ejercido la ginecología en los últimos treinta años acordamos en que la realidad más frecuente y más acuciante de una mujer que ha decidido abortar es la soledad. El perfil es el de una joven embarazada entre los veinte y los treinta años de edad que siente un primer rechazo frontal en su familia que le conmina a deshacerse de ´aquello´ que le va acondicionar toda la existencia y que ´por su bien´ debe dejar en la cuneta de la vida. El segundo frente con el que se las tiene que ver es el más decisivo: con su pareja. En la mayoría de los casos, nuestra joven ha quedado embarazada de un inútil que apenas sabe sumar dos y dos, cuando no de un ególatra con un ombligo más grande que la plaza de toros de la Malagueta. Ni que decir tiene que el primatito en cuestión no da el do de pecho sino el de espalda; coge las de Villadiego y si te vi no me acuerdo. Una constante en estos casos es que mientras más progre, más moderno y más ´fashion´ es el aprendiz de simio, más rápido y más veloz emprende el vuelo de huida hacia el país de irás y no volverás. Suelen ser los hombres más recios, más rudos, más hechos, los que asumen la autoría sin más historias, sacan viril pecho y, paso adelante; dan la cara, el corazón, el bolsillo y lo que se tercie por su mujer y por su hijo. Siempre fueron estos hombres admirados y reconocidos por todos. Hoy, no. En estos días en los que se aplaude el asesinato en masa de inocentes en el vientre de su madre, los tipejos que abandonan a sus mujeres a su suerte son vitoreados y jaleados por una parte de la sociedad que afirma que matar niños es un signo inequívoco de progreso. Esto es lo que sucedía en la Roma tardoimperial, decrépita y putrefacta, que el amigo Amenábar ha descubierto en ese peñazo de película, ´Ágora´, que es tan plúmbea y tan falaz que los distribuidores norteamericanos, acostumbrados a distribuir cualquier cosa, se están planteando no distribuir para que no se le duerman las ovejas en los cines. En esa Roma, tan admirada por estos neointelectuales, era frecuente el atasco de alcantarillas por la cantidad de fetos que habían sido allí arrojados en cualquier hora y día. Hacia esa siniestra Roma parece que vamos. A eso lo llaman progreso.
Surge toda esta reflexión por el formidable éxito de la manifestación de Madrid de antesdeayer en defensa de la vida humana. Parece mentira, pero es así: Hoy hay que salir a la calle a defender la vida. Cientos de malagueños estuvieron allí, diciendo lo que casi debería dar vergüenza decir: Cualquier vida importa. Un día de estos saldremos a defender que el sol salga de día y la luna de noche. Hemos llegado a límites ciertamente esquizoides: una adolescente no puede comprar tabaco ni beber libremente y sin embargo puede abortar. Y mientras el pastueño rebaño que abreva en los pesebres del César aplaude y se felicita de haberse conocido. La verdad es que siempre fue así. Los hubo que nunca tuvieron más coraje ni más valor que el de ser la voz de su amo y los hubo que en cualquier tiempo, edad o circunstancia pusieron sus convicciones más profundas y el valor de su humana dignidad por encima de cualquier otra consideración, la propia vida incluida. De todas las lecturas que tiene esta salida de más de un millón de personas a la calle, me quedo con las dos siguientes: Primera: La sociedad española aún tiene capacidad de respuesta; no es poco. Segunda: Las mujeres que se planteen abortar ya no están solas. Una red de colectivos y asociaciones está dispuesta para acogerla y ayudarla a vivir su maternidad como lo que es: lo más grande que sucede todos los días ante nuestros pobres ojos en el planeta Tierra. En Málaga, también.