Javier La Beira
La polémica planetaria que suele acompañar el anuncio de los fallos de ciertos premios Nobel está, a mi parecer, eclipsando una efeméride más que digna de recordarse en Málaga: los cincuenta años transcurridos desde que Severo Ochoa obtuvo el de Fisiología y Medicina. A la honorable excepcionalidad de ser uno de los dos científicos españoles galardonados hasta el presente, hemos de añadir su vinculación biográfica y sentimental con nuestra ciudad, a la que explícitamente calificaba, junto a su localidad de nacimiento, de "segunda patria chica". El ilustre bioquímico, que había venido al mundo en Luarca, un pueblo de Asturias, se trasladó a Málaga con el resto de su familia tras el fallecimiento del padre, y aquí vivió desde 1912, cuando contaba sólo siete años, hasta 1923. Así, nada menos que la niñez y la juventud primera de Severo Ochoa, esos períodos tan cruciales de la existencia, fueron malagueñas. Sabido es que cursó el bachillerato en el instituto de la calle Gaona, de donde salió camino de Madrid para estudiar Medicina y, al cabo, rumbo a la consecución, tras varias décadas de investigaciones con brillantes resultados, del respeto y la admiración internacionales que le llegaron desde Suecia, hace, exactamente ahora, medio siglo.
Hace bastante tiempo, sin embargo, que la concesión de algunos Nobel no lleva aparejada exactamente la admiración mundial ni el entusiasmo ecuménico, sino la crítica, el debate y hasta la perplejidad. Ocurre con el de Economía, el de la Paz y el de Literatura. Mientras que a los dos primeros se les acusa, incluso con razones obvias, de ser víctimas del vasallaje político, también llamado, con menos finezza, mamoneo, las sinrazones del tercero no las entiende casi nadie, al menos nadie del gremio literario, quizás con excepción de los autores premiados. Pues el humor siempre es una actitud encomiable, con satisfacción asisto este año a un redoble general de enfoques humorísticos a la hora de abordar estos asuntos. Sin salir de La Opinión de Málaga, Pareja ha intuido en una viñeta la cercanía de la canonización de Obama, en tanto que Lucas Martín se preguntó, acaso aludiendo en lontananza a un episodio grotesco del universo de la prensa del corazón, si Thomas Bernhard hubiera debido fingir un secuestro para seducir a la Academia y lograr el galardón. Como remate, sin haberlo yo pensado, me salió un amigo el otro día, a mitad del encuentro de pádel, pronosticando que el siguiente Nobel de Economía será José Luis Rodríguez Zapatero.
Discusiones, intereses y coñas no marineras al margen, sí es verdad que hay veredictos muy extraños que, haciéndose después mismamente el sueco, toman los miembros de esa peculiar peña. Aun cuando llevo toda la vida dedicada a la Literatura, en lo que llevamos de siglo XXI sólo he conocido de antemano a dos de los premiados. He de concluir que yo soy muy, muy torpe, o que la Academia es muy, muy especial en sus decisiones. Por consejo sabio de Freud, me quedo con lo segundo, claro, y me digo entonces que tal vez haya llegado el momento de preguntarnos claramente el sentido de los premios Nobel. ¿Para qué sirven ya, aparte de para dar publicidad al rey de Suecia y llenar los bolsillos de los suertudos ganadores? Tampoco está nada claro si su existencia es el fruto de un remordimiento o de un prurito de perdurar de Alfred Nobel. En cualquier caso, aquella última voluntad se ha convertido, oh perversa justicia poética, en pura dinamita.