Horacio Eichelbaum
Se puede ser ´justiciero´ por encima de la ley? ¿O más allá de la ley? Es posible que en algún momento sintamos que podemos ser mejores jueces que los jueces… incluso que esto es fácil, dada la poca confianza que tenemos en los jueces, que son obviamente humanos pero a los que les toca una función casi sobrehumana. También nos pasa con frecuencia que abjuramos de las leyes en vigor y pensamos que podríamos dictar una legislación mucho más adecuada. Pero… ¡con qué entusiasmo nos identificamos con las leyes que consideramos ´políticamente correctas´! Nos gustaría que se apliquen con saña contra aquel criminal, que es apenas un chaval, por su malignidad tan precoz; o contra aquel violador al que, si no podemos matar, deberíamos castrar (propuesta que no hace mucho tiempo provenía del civilizado feminismo); ¿y qué decir de los pedófilos, sean o no curas…? En cuanto a ellos, nos identificamos con lo que pretende –y pone en práctica en cuanto puede– la propia población reclusa: lincharlos.
Del mismo modo, cualquier acción que se presente como anti-etarra nos puede parecer buena en sí misma, tenga o no justificación legal suficiente. En estos días, el Gobierno –y el juez Garzón– han vuelto a coincidir en la condena a miembros de la izquierda ´abertzale´ (entre ellos el famoso Otegi) a quienes consideran como obedientes seguidores de ETA, que les habría ordenado ´reconstruir Batasuna´. Jurídicamente, parece que han obviado un paso imprescindible: demostrar que realmente es así, que van a reconstruir Batasuna y que la van a volver a convertir en un mero agente de los terroristas. Para condenarlos… ¿no habría que esperar que lo hagan? En términos políticos, parece que el apresuramiento por detener a los ´abertzale´ (que ha vuelto a unir a todos los sectores nacionalistas) puede echar por tierra la delicada filigrana que estaba tejiendo el socialista Patxi López para consolidar una alianza ´españolista´ –sutileza: pero no antivasquista– en el gobierno vasco.
Según seamos vergonzantes sostenedores de Zapatero o no menos vergonzantes sostenedores de Rajoy (todos vergonzantes porque ni uno ni otro parecen muy ´sostenibles´) nos definimos ante el ´caso Gürtel´. Si nos apuntamos al PP, denunciamos la campaña mediática como algo peor que la corrupción misma, cuando son dos caras de un mismo fenómeno: en un caso se prostituye la profesión periodística, sólo con el objetivo de machacar al adversario, en tanto en el otro se trata de gente que se ha estado enriqueciendo con dinero público –es decir, nuestro–, algo tan vulgar que ya lo han hecho, y lo siguen haciendo, con permiso de la ley, banqueros de todos los países desarrollados. La gente del PP se afana en recordar que también el PSOE se financió con maniobras ilegales, aunque lo cierto es que hubo juicios, procesos y culpables y, si alguien se salvo de la cárcel, tampoco puede negarse que aquella corrupción le costó el gobierno a los socialistas. Pero el ´caso Gürtel´ se parece a una tubería atascada: primero hubo mal olor, después un hilillo de porquería y al final está saliendo a flote un gran depósito de mierda.
Personalmente, lo que me parece más grave de la corrupción es el acostumbramiento. La inmoralidad se extiende como una gangrena –¡y se exhibe!– desde el poder, como pasa con Berlusconi o con el menos conocido caso del ministro de Cultura francés –ex socialista y sobrino del fallecido presidente Mitterrand– que reconoció haber ido a Thailandia en busca de ´turismo sexual´ con niños. La ausencia de moral se codea con la falsa moral de los programas basura de la tele, que se expanden por horarios y canales y hasta ganan marchamo de respetables: alguno ha recibido incluso el Premio Ondas.
¿Será exactamente ésta la sensación de estar dentro de algo que se va pudriendo? Si alguien ve indicios de los deseados brotes verdes que avise, por favor.