Francisco Romacho
Dos de mis conocidas de toda la vida, dos que en sus años de mozas tuvieron que ir a abortar a Londres se manifestaron el sábado en Madrid. Contra el aborto. Dos entre cincuenta y cinco mil o dos entre dos millones, que las sumas y las restas encogen o ensanchan las avenidas al antojo político. Pero seguro que, al menos ellas, eran dos. Bueno, dos y sus propios que con entusiasmo las acompañaron. Los mismos propios que las llevaron con urgencia a abortar a Londres las han acompañado ahora para manifestarse con otras urgencias contra el aborto en Madrid.
Una muestra conmovedora de fidelidad: a Londres a abortar o a Madrid contra el aborto, pero juntos. Bueno, ellas dos quiero decir y sus propios y sus chiquillos de ahora porque los de entonces se quedaron (para siempre) en Londres. Los chiquillos de Madrid de ahora son (también) unos chiquillos preciosos, prietos de comida sana y de colegios bilingües y de autobuses que te dejan en la puerta del jardín de casa.
Para esas dos de mis conocidas de entonces y para sus propios resultaría un drama psicológicamente insoportable que la revelación de sus abortos en Londres alcanzase al núcleo familiar, a sus hijos, a sus padres, a sus renqueantes abuelitos, a la tita de la farmacia, al chacho de la pastelería, al tío cura que los bautizó y a la pandilla de la caseta de feria. Porque aquella excursión a Londres se organizó con el máximo de las precauciones posibles, con el dinero prestado de los amigos, con la red de protección de una gente comprometida que nunca los iba a poner ni pública ni privadamente en evidencia, con la complicidad de quienes comprendían su angustia y, en consecuencia, la objetiva necesidad de sus aborto. Esas dos de mis conocidas tenían pintas y apellidos de derechas extremas pero nadie preguntó, pero a nadie le importó. Errores de juventud. Faltaría más.
El curioso (por emplearme en fino) sustituto (espero que breve) de Costa como portavoz en las cortes valencianas publicó en su agresiva juventud un artículo nazi acusando a los judíos de parásitos y usureros y, lamadrequeloparió, negando el holocausto, total, un mito inventado por el sionismo para cobrarle indemnizaciones a los alemanes. Errores de juventud, ha dicho sin descomponerse nuestro primo César Augusto Asencio, cuyo nombre ya presiente sendas imperiales, especialmente cuando, ya no tan adolescente, alcanzó la alcaldía de Crevillente con el apoyo del voto de Falange. Errores de juventud. Faltaría más.
Estoy fieramente a favor de mostrarme generoso con los errores de la juventud. Quién no se ha meado en una maceta o ha subido al ático el sofá de la portería de su bloque; quién no ha quemado el timbre de la vecina o, todavía peor, se ha abrazado a los textos de Wilde sin saber que era homosexual y encima maricón.
Lo que ya empieza a tocarme algo más que las narices (por seguir en lo fino) es que para toda esta gente tan hermosa y bien plantada, abortar en Londres o negar el holocausto sean tonterías de adolescentes inmaduros al tiempo que piden con entusiasmo y ardor la rebaja de la edad penal. Porque piensan (con su razón) que lo suyo fueron travesuras (los hijos que no tuvimos/se esconden en las cloacas) y todo lo demás debería ser delito.