Lucas Martín
Una de las ventajas más incontestables de la vida en la ciudad es la calidad de la basura. En los pueblos únicamente se retiran muebles dieochescos y cáscaras de frutas, pero aquí, por contra, el contenedor se nutre de amalgamas solemnes, figuraciones ralas, lenguaje en descomposición y composición continua. Como género autobiográfico, la basura merece mucho más respeto que la confesión a secas. ¿Para qué escribir unas memorias si se tiene derecho a una papelera encinta? La basura, en dosis limitadas, es una maravilla. Como la ropa interior, las niñas en pijama o una radiografía. Lo peor que le ha ocurrido a la basura son las modas cartesianas. Desde que hay que separar los despojos, se han perdido muchos encuentros y posibilidades de relaciones insalubres. Al fin y al cabo, el ciudadano no puede salvar el planeta, eso le corresponde a los empresarios y los políticos. Digo esto porque siento un amor infinito: por el planeta y, sobre todo, por los encargados de la basura. Únicamente ejercer como astronauta me parece una profesión más digna. Pero tampoco se debe magnificar. No todos los barrenderos leen a Heráclito y son seres taciturnos. Basta vivir una temporada en el Centro de Málaga para revisar el mito. A mí la basura me gusta, pero no tanto como para desafiar la evidencia: está claro que molesta más que un botellón de estibadores a dieta, que un concierto de lechuzas. Es algo que no comprendo. Las nuevas tecnologías han logrado silenciar los aparatos de aire acondicionado y no hacen nada por atemperar los ánimos de los camiones de recogida. Eso es la prehistoria de la mecanografía, resuenan como tanques, espeluznan, chillan. No paran de gritar en toda la noche, se cuelan en las pesadillas. Alguien debería advertir a Limasa del potencial vocálico de su tripulación, de su desafío del silencio nocturno. Que la ciudad esté más limpia empozoña mis legañas. Quizá habría que sacrificar al hombre. Por el bien de Málaga y de la basura.