Algo debe cambiar en la Escuela de Policía de Ávila
El pasado 29 de junio, mi padre, inspector alumno de la Academia de Ávila, sufría un derrame cerebral mientras se encontraba haciendo un examen final. Aquel día y los tres siguientes estuvo muy cerca de la muerte, pero la moneda cayó de cara y la vida le otorgó una segunda oportunidad, no sin dejarle algunas secuelas que quizás le impidan volver a ser el de siempre y ejercer la profesión que más ama. Y todo esto que podría parecer un hecho aislado, les aseguro que no lo es. Dos semanas antes, su compañero de pupitre y amigo, fallecía súbitamente producto de otro derrame, dejando rota una familia. Ello sin olvidar las tragedias ocurridas años anteriores en la misma academia, con fallecimientos por infarto e innumerables enfermedades relacionadas con el estrés.
Alguien debería de alzar la voz de una vez por todas y denunciar las presiones a que estos alumnos son sometidos y que son el causante claro de lo que está ocurriendo. ¿O es que acaso puede exigirse lo mismo al alumno de 25 años que acaba de ingresar en el Cuerpo que al que supera los 50 años y lleva treinta de experiencia? ¿Se puede exprimir una mente deshabituada al estudio de la misma manera que la de un universitario en su clímax intelectual? ¿Se les puede exigir físicamente lo mismo?
Esta y mil preguntas más sobrevuelan mi cabeza sobre lo que está ocurriendo en la Academia de Ávila. Y claro está, mi posición al respecto sólo pasa por luchar activamente por que las cosas cambien y pueda llegarse hasta el final. Mientras tanto, sólo rendir mi homenaje al compañero fallecido, y mi más sincero apoyo a su familia, así como desear la pronta recuperación de mi padre: Tú luchaste siempre por mi, ahora yo lo haré por ti.
Javier Ismael Fernández Sánchez
Málaga
Amenábar y su plumero
Obras cinematográficas como ‘Los otros’ o ‘Mar adentro’ ya nos habían alertado de que estamos, sin duda, ante un gran director del séptimo arte.
La gran producción audiovisual ‘Ágora’ es espectacular, con una ambientación en decorados y una sensibilidad que hacen poética su fotografía. La luz, tamizada con exquisitez, nos transporta sutilmente hasta la excelsa figura de Hipatia.
Sin embargo, hay un hecho que desde el principio nos choca: un extraño empecinamiento en mostrar a los cristianos como salvajes: sus bolsas, siempre llenas de piedras dispuestas a lapidar a quien se tercie. Más aún cuando los va describiendo como los culpables de la barbarie continua que acabará expulsando a los pobres judíos en un capítulo más de su diáspora… Incluso la destrucción de la biblioteca de Alejandría es achacada a los indómitos acólitos de la cruz, cuando no existe ninguna referencia histórica que pueda documentar tal imputación.
Amenábar, Alejandro, se ha columpiado al elegir como base de su guión un texto de Carl Sagan –de familia judía– sin dato contrastado alguno sobre la autoría de los hechos acontecidos en la destrucción de aquella legendaria biblioteca. Más bien, da la impresión de que sienta bien arrimarse al árbol que mejor sombra da o al sol que más alumbra: el brillo del oro, manejado hoy, como siempre, por un grupito muy espabilado, que controla la producción audiovisual, la banca, el comercio de armamento, etc. Se le ve el plumero, me temo…
Julio Tapia Yagües
Málaga