Lucas Martín
Si hay algo realmente conmovedor en el nuevo patrimonio de la ciudad es su política de solares. No existe un lugar en el planeta, con la amarga excepción de las penínsulas volcánicas, que disponga de una selección tan vasta y esplendorosa de madrigueras, hondonadas o chalecos fluorescentes. Málaga es, definitivamente, el lugar ideal para abismarse. Con un poco de suerte, confluye en la misma vía un conjunto irrepetible de agujeros y de itinerarios alternativos para el paseante y se opera el milagro de la concentración, la superpoblación en las baldosas, el clima necesario para las fiestas populares. La ciudad ha adquirido una gracia tan profunda que hasta el pavimento se espiga para aplaudir las puestas de sol, cosa que no ocurre con las mejores catedrales. Más que un municipio, esto es un agujero discontinuo y caprichoso, una broma de topos. A mí me fascinan los solares, aunque tengo que reconocer que, en estas tesituras, soy bastante clásico. Un solar es una zanja, pero también, al menos en los ochenta, un grupo de adictos dándole al cambalache. Se han perdido las costumbres. Aun así prosigue la poética horadada del cráter: con cada nuevo solar, surgen acompañantes. Basta con que se eleve una zanja, para que aparezcan calcetines, colillas, perchas descompuestas y casi fosilizadas. Imagino que debe tratarse de un servicio especializado. Alguien, probablemente un pez gordo, andará buscando el Santo Grial para poner cara de besugo en las comilonas con los pájaros del banco. Las calles ya reparadas, vuelven a levantarse por completo, irrumpen zanjas y agujeros en pavimentos recientemente renovados. Debe constituir una obsesión de primer orden entre los concejales, un vicio aprendido en las mejores escuelas de municipalismo. Que la gente vea y admire el misterio. Nada de sutilezas. Abismo, deconstrucción, ciencia de las posibilidades. La extrañeza es el primer camino de lo extraordinario.