Pedro de Silva
Entre los muchos agravios que produce el cambio horario, no es el menor la sensación de haberse quedado dormido, cuando uno va al trabajo con más luz. Cumplir con la hora es una ruda disciplina, un sacrificio que se nos paga cada día con la satisfacción del deber cumplido. Aunque la habitualidad las haga parecer banales, y hasta imperceptibles, esas pequeñas recompensas son como la sardina que el domador entrega a la foca tras haber hecho el pino. Ahora, en lugar de eso, al salir de casa con esa luz las focas recibimos el palmetazo de un golpe de culpa, que aunque obtiene en seguida la absolución al caer en el cambio horario, ya nos ha dejado un microtrauma. Al descarrilamiento de todos los horarios del cuerpo y de la mente se añade así un sentimiento de holgazanería que tarda en irse. El Tribunal de los Derechos Humanos debería empapelar de una vez al autor de este criminal invento.