Carlos Carnicero
Volvemos a los tiempos de los manifiestos. O, en realidad, nunca hemos dejado de manifestar la protesta a través de la firma, de la adhesión, para solventar problemas que los partidos, los sindicatos y las instituciones no pueden o se atreven a enfocar: desidia intelectual, pereza, falta de rebeldía, conformismo. En el fondo lo que reclaman Serrat y Sabina es que la desigualdad no sea tan lacerante. La cultura del enriquecimiento se ha sobrepuesto y ha superado a la cultura de la honradez. Los niños, de pequeños, ya no quieren ser bomberos sino brokers. Y luego, si la vida les coloca en una gerencia de urbanismo, terminarán por ser ejecutivos privilegiados por la vía de la corrupción. Hasta que la policía llama a la puerta del despacho. O no. Los artistas quieren que la salida de la crisis no la gestionen quienes la han provocado. Quieren que los ejecutivos de las multinacionales no sean extraterrestres en sus remuneraciones y que la gente común tenga derecho a sueños saludables. Otra vez los manifiestos para ver si la socialdemocracia está sólo dormida o en realidad está muerta. Los partidos socialistas europeos no saben dónde tienen sus proyectos. Los sindicatos no consiguen la confianza de sus afiliados y los jefes de la patronal se atreven a decir que ellos quieren que los trabajadores tengan capacidad de consumo porque, a fin de cuentas, quienes van a comprar lo que ellos producen son los obreros. Manifiestos para lograr que las ideas vuelvan a circular, que la honradez sea un grado y que la izquierda resucite.