Horacio Eichelbaum
Si fuéramos del CSI podríamos tomar la realidad del mundo de hoy con toda clase de guantes, gasas y palillos: todo lo que ponga distancia entre este ´objeto´ tan corrompido –el mundo– y nuestros remilgos. Hay distintos elementos que nos parecen principales, aunque no siempre está claro si son causas o efectos. Por ejemplo, la pérdida de autoridad. Es un dato que se está convirtiendo en drama en el plano educacional pero que está haciendo estragos en todos los niveles de las relaciones sociales: no sólo falta autoridad en la mismísima ´autoridad´ –el gobierno, la justicia, las ´fuerzas del orden´– sino también en la propia relación entre padres e hijos. Hemos hecho estallar un sistema de autoridad al que considerábamos coercitivo, arbitrario, injusto… pero sin buscar ningún reemplazo: haciendo volar un sistema de autoridad ´malo´ nos hemos quedado sin ninguno. Los políticos, y todo lo mucho que ellos controlan, están en entredicho por la evidencia de la trama de intereses que les utiliza como instrumento… Y por algo aún más execrable: ni siquiera respetan los límites que ellos mismos se imponen y la corrupción hace aflorar intereses personales que se suman a los del entramado de poder que ellos defienden. El viejo símil de la cebolla: son capas superpuestas de corrupción y es inútil buscar un meollo de interés colectivo siquiera como coartada para justificar al conjunto. Las corrupciones y corruptelas están por todos lados. Está el caso del Premio Planeta. Hace pocos días la escritora Elvira Lindo, relató cómo había circulado el rumor de que ella sería la ganadora este año, y que recibió montones de mensajes deseándole suerte "en una competición que habían vendido como ´reñida´". Tras el anuncio de que la ganadora fue Ángeles Caso, ella se quedó con la indignación de que su nombre hubiera aparecido compitiendo, y perdiendo, cuando ni siquiera se había presentado. Casi todo el mundo sabe que el ganador del cuantioso Premio Planeta suele conocerse bastante antes de que el jurado lo anuncie oficialmente, porque "está dado". Suele tocarle a escritores ya consagrados, lo que asegura un excelente negocio editorial. El implacable crítico Manuel Rodríguez Rivero, escribió a ese respecto el pasado domingo: "Lo más perverso es el sistema de complicidades que nos pringa a todos –al jurado (si, respetable), a los premiados (si, respetables y afortunados), a los medios (qué les voy a contar)– y que se reproduce año tras año en forma de monumental insulto a la inteligencia colectiva…" ¿No es ésta una muestra de pérdida de autoridad en el mundo de la cultura, el cual –no se sabe bien por qué– parece que estuviera un poco al margen de la corrupción? ¿Y qué podemos decir de quienes han salido a machacar a la monja Teresa Furcades, con un reportaje titulado "Desmontando a la monja–bulo" y que, lejos de desmontar el presunto bulo, lo que ha hecho es encender una gran polémica en Internet? Los ataques a la monja pueden tener dos explicaciones complementarias: una es el interés de los laboratorios y de la Organización Mundial de la Salud (OMS) por detener la pérdida de prestigio –pérdida de autoridad– provocada por las denuncias sobre posibles manipulaciones para promover la vacuna contra la Gripe A; y la otra, que la monja Furcades viajó a Venezuela –mal sitio: allí se aloja Hugo Chávez, el nuevo Satán– y, por añadidura…. ¡pertenece a la Teología de la Liberación! Hay como una competición que terminará en colisión porque los contendientes van en direcciones opuestas: el que quiere aplicar una poco creíble ´justicia internacional´ más allá de las fronteras (buscando un ejercicio de autoridad global) y el que nos va dejando sin ningún principio de autoridad, aumentando los medios de coerción al servicio de la creciente concentración de poder económico-político-mediática que, esa sí, está por encima de cualquier frontera.