Francisco Romacho
Mario Conde da conferencias, presenta libros, concede entrevistas, seguramente cobrando, en las que deja caer chismes de Estado sobre su condena para camuflar su conciencia de niño jesuita. Estuve en Zaragoza hará cosa de año y medio y, viento aparte, me topé en el vestíbulo de un céntrico hotel a Luis Roldán: se dio cuenta de que mi perplejidad le miraba mucho como diciéndole/me ¿tú no tenías que estar en la cárcel? ¿Ya han pasado veinte años? Como no era fin de semana, como él departía sonriente y campechano con un grupo de colegas y como mis conocimientos en políticas penitenciarias y permisos carcelarios son muy deficientes, concluí que el que debía de avergonzarme era yo.
Por razones umbilicales recibo periódica y precisa información de Juan Antonio Roca y de sus largas estancias en prisión. Lejos del desánimo, la depresión o la tentación del suicidio como si se trata de un personaje de Bergman, lo que tenemos es Atarfe es un tipo gentil, amable, simpático que se ha granjeado el respeto de los carceleros y de los carcelarios y que promueve actividades internas destinadas al mejor confort de la penitenciaría. En las trastiendas de algunos restaurantes de Madrid, algunos quiero decir, lo que se oye mucho es que Javier De la Rosa, al que le queda un ratito y cuarto, sigue organizando divinamente sus intereses desde la celda, intereses que no sólo aminoran su patrimonio sino que lo ensanchan para pasmo y risitas de la concurrencia.
El peripuesto Correa, llámame don Vito, no declara rendimientos de actividades económicas o patrimoniales desde el último años del siglo pasado y aunque según el sumario puede ser el propietario de más de treinta sociedades, algunas de ellas domiciliadas en paraísos fiscales, cuando Garzón fue a embargarle sólo pudo quedarse con una motocicleta. Esto de la motocicleta empieza a ser una religión entre los perseguidos por los malditos embargos. Aquí tenemos al alcalde de Almuñécar, de vida y apariencia lujosas, pero que ante los registros de bienes muebles sólo resulto ser propietario de una amotillo, que es como en el trópico llamamos a las motocicletas.
Desde Gil y su pecado original en el desastre de Los Angeles de San Rafael, todos sabemos que a esta gente les salen las cuentas: Conde, Roca, De la Rosa, Antonio Camacho, Luis Roldán y todos esos otros de la lista interminable que estos días nos desayunan los periódicos como cómputo de nuestras desgracias, nos roban con la calculadora en la mano y el dinero a buen recaudo: bondad de la ley aún en condena peor, los beneficios penitenciarios y el buen comportamiento dan como resultado, bingo, una jubilación de caribes con conejitos.
Conste desde ya que ante la tormenta de chuzos moralistas (¿tu quoque Jordi Pujol, qué pasó con el seny?) y anatemas contra los políticos, yo sigo reivindicando la política como la más noble de las artes. Pero eso sí, pagando. No puede ser que los sueldos de nuestros alcaldes, consejeros, presidentes produzcan la hilaridad de cualquier bribonzuelo especulador. Así que lo primero que hay que hacer para dignificarla es ponerla a la altura de los sueldos de los ejecutivos de las empresas. Eso y unas condenas acordes con la enorme mangancia borraría la sonrisa de Correa, de Roca, de Roldán, de Camacho y de todos esos en sus paraísos fiscales. Como aquello de las huestes de Pancho Villa: viva la política, pero que no viva tan lejos.