Domi del Postigo
Mientras este periódico se desgañita informativamente desentrañando los millones de euros desviados por Roca durante el tiempo que anduvo manejando el cotarro en el excusado municipal marbellí, sin que parezca proclive a presentar nunca excusas. O mientras otros titulan mucho ´Gürtel´ o ´Pretoria´ según les interese hacer hincapié en el partido que está detrás de la corrupción en una u otra operación policial, por aquello de la mal entendida línea editorial; aquí, en casa, los socialistas entienden como un éxito haberse hecho con una alcaldía más en Yunquera, por el arte del birlibirloque de cambiar tras la P del alcalde la A que había por unas S, O y E, como ya ocurriera en Ronda en el viaje al poder del PA al PSOE de Marín Lara y sus 40 militantes, antaño andalucistas también, o lo que fueran. Aquí, en Málaga, ocurre también que el PP sacó la varita mágica en Benaoján por un procedimiento similar, o mantiene en una excepcionalidad incomprensible para nadie a su alcalde en libertad bajo fianza de cien mil euros al pie del cañón popular. Y lo más triste es que aquí, en la provincia de Málaga, ni siquiera Izquierda Unida renuncia a los trucos de magia.
Pero mientras todo esto pasa y la pobre Dolores de Cabeza de Cospedal pide perdón –y le honra– a los ciudadanos, no sólo a los militantes del Partido Popular, por el espectáculo de algunos de sus conmilitones, Rajoy escenifica sin rubor su particular Curso del 63, como se llama ese reality de Antena 3 Tv, regañando a los muchachos que llevan demasiado tiempo jugando a ser rebeldes porque el mundo partidista les ha hecho así. Y sin que den la talla para darse cuenta –perdónales Señor de la democracia porque no saben lo que hacen–, se están cargando la credibilidad del sistema con una contumacia sorprendente.
El espectáculo del famoso martes avisado por el líder popular, cuando ya advertía de manera infantil que iba a poner los ´ejenes´ sobre la mesa, ha sido tan bochornoso como desilusionador. Y para colmo la gran estrella del colegio, la rubia Esperanza aguerrida, ni siquiera acudió al despacho del director para que no la sacaran a la pizarra a escribir cien veces "no seré más yo sin dejar ser a nadie más".
Todo sería desopilante si la política española no estuviera bajo mínimos de credibilidad ciudadana. Si los ciudadanos no estuvieran en la picota por no dar la talla a la hora de exigirles a sus políticos que la tengan. Si no hubiera subido el paro aún desde el fondo ya casi del paro. O si la señora funcionaria que me atendió amablemente el otro día en una oficina no me hubiera dicho que estaba fatal por la crisis, aunque yo le recordase que ella por su condición de funcionaria estaba viviendo con mayor capacidad adquisitiva ahora, gracias a la crisis, que en el anterior periodo de bonanza. Y es que la cabina en la que nos empeñamos en pretender estar encerrados no existe. Ni el gran López Vázquez ya tampoco. Sólo la libertad.