Lucas Martín
La búsqueda de la inmortalidad ha perdido interés en el último siglo. Más que una obsesión pedestre, parece un modelo de épica de domingo, un traspiés lujurioso de la conversación altiva. Ya nadie sabe con certeza lo que significa y, sobre todo, para qué sirve. Especialmente, en la reserva literaria, donde superar la muerte ya no tiene brillo y cada vez se ajusta más a una convención de velatorio del academicismo. ¿Qué quieren decir con la inmortalidad literaria? ¿Qué te recordarán? ¿Que te adoran? ¿Qué serás leído? Esos parámetros carecen de validez después de Michael Jackson y la adicción sistemática a Gran Hermano y las monomanías. En el arte, lo que importa, a nivel pomposo y de funeral de Estado, también es la fama. La palmada en la espalda, el reconocimiento masivo, contiene una relación insidiosa con el oficio. Sólo así se explica que poetas con famas de herméticos y apenas consumidos por el grueso de sus coetáneos acaben siendo válidos para nominar a un equipo de fútbol. Le ocurrió a mi adorado César Vallejo, cuyo nombre figura en las quinielas de la primera división peruana. Curiosa manera de burlar a la parca, la cultura muere y se institucionaliza, lo que resulta todavía más siniestro e implacable. Todavía no he conocido a un político, o al menos a dos, que mencionen a algún a un autor que exceda el inventario de lo políticamente correcto en su partido. La literatura está gobernada por lo extraliterario, por los mandamases iletrados de provincias. Lo mejor sería acabar con las solapas. Leer libros sin saber su autoría. Curioso ejercicio. Ayala, en mi caso, lo resistiría. Sería inmortal en una porción minúscula de cielo y de tiempo, aunque su sepelio habría estado menos concurrido.