PEDRO DE SILVA
Negar que el cristianismo sea parte de la historia de Europa y esté, junto a otras tradiciones, en el origen del modo de ser, la cultura y la moral europeos, sólo puede obedecer a ignorancia. Por eso la presencia de la cruz en cualquier representación simbólica de un pueblo de Europa está justificada. Sin embargo otra de las tradiciones europeas, con raíces remotas tal vez en la cultura gnóstica (y agnóstica en cuanto a religiones reveladas) que corre bajo el suelo de la historia europea, es la que se manifiesta en la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano, de 1789, con la que nace una gran religión no revelada. Europa está formada por esas dos estirpes, y una tercera, la tradición crítica y dialéctica que entiende la diversidad y la confrontación de ideas como motor social. Por eso las dos posiciones en la actual polémica, y la polémica en sí, son Europa en estado puro.