Guillermo Busutil
José Antonio Garriga Vela es un escritor que no ejerce de escritor. No le gusta hacer publicidad de sí mismo; no habla mal de ningún compañero de esa profesión en la que abundan los egos, las vanidades, las puñaladas traperas y los venenos sutiles. Tampoco es de esos autores que fomentan una estudiada pose de bohemia maldita, de erudición arrogante, de cercanía a la política, de excentricidad calculada o de esa neomodernidad que ignora o reniega de la tradición. Garriga Vela es un catalán andaluz que se ha buscado la vida trabajando en muchas cosas y al que le gusta pasear en silencio, mirar el mar, tomarse un café con los amigos, ver en su casa películas en gran formato –su gran pasión–, disfrutar con los partidos entre el Madrid y el Barcelona, viajar por carreteras secundarias con el mapa de una libreta de apuntes y escribir despacio, sin el agobio de los plazos ni la obsesión por entrar en la carrera de los golosos anticipos editoriales ni en el récord de ediciones. Esta filosofía es la que le ha permitido convertirse en un escritor que mira en su propia vida, que escucha las conversaciones anónimas y ajenas en los autobuses, que busca la narración lo más perfecta posible de la historia que quiere contar y la iluminación de las atmósferas de sus novelas con un quinqué de sombras. Estas características, presentes en títulos como Muntaner 38, El Vendedor de Rosas, Los que no están o Pacífico, su última novela, son las que resaltan los críticos, los jurados de los premios que ha conseguido: el Premio Jaén, el Alfonso García Ramos y ahora el Dulce Chacón, a la mejor novela del pasado año, al igual que los amigos a los que les da el borrador definitivo de las novelas que construye, corrige, olvida o reconstruye, con la paciencia de un orfebre tranquilo.
Otro de los aciertos de este escritor periférico, que desdeña las falsas adulaciones y los saraos mediáticos, es el de recrear la humanidad, los dramas y sueños de la clase media, (la misma que ayer se manifestaba en contra de la soga al cuello de los impuestos con los que el gobierno piensa hacerle frente a la carencia de fórmulas más eficaces) y a la que pertenece su educación a la medida aprendida de su padre sastre. Garriga Vela la vive y la retrata con una poética literaria que se mueve entre la realidad, la memoria y el golpe seco, directo, casi punch, del pugilismo verbal de Hemingway y del mejor John Cheever que retrataba también los demonios y desgracias comunes de la sociedad norteamericana. Pero pesar de ese realismo sucio y galdosiano, sus novelas también tienen algo de realismo mágico, de encantamiento. Por todo esto, el jurado del VI Premio Dulce Chacón, afirma por unanimidad que Pacífico, al igual que sus anteriores novelas, le llega a todo el mundo; que se leen con un pellizco en el estómago o en corazón antes de cerrarlas y mirarse hacia dentro.
Esa capacidad la lleva también a su literatura periódicos y a su manera de ser y estar al margen de las luces artificiales de la literatura de salón. Entre los escritores no es normal alegrarse por los éxitos ajenos ni defender la calidad o exigir una proyección mayor de otro colega. Lo habitual es la hipocresía y la rivalidad, directa o encubierta. Aunque en el caso de Garriga Vela, lo cierto es que, además de los autores que comparten con él la pertenencia residencial en Málaga, son muchos los que nos alegramos de que se reconozca la calidad narrativa de su última novela y especialmente la de este escritor, brillante, sencillo y pacífico.