Jesús Aguado Fernández
En esta época uno de los temas de conversación más frecuente es el de los piojos. Los niños se los pasan unos a otros en los colegios y ellos a sus padres, los cuales, si hemos de creer a los afectados, los esparcen, en una especie de guerra bacteriológica involuntaria, por bares y oficinas, por fábricas y estadios de fútbol, por comercios y medios de transporte público. Casi todo el mundo, obsesionado por este mal endémico, se rasca la cabeza con disimulo y, si uno además tiene un poco de imaginación, se siente succionado por centenares de ávidas bocas que le van vaciando, inmisericordes y asquerosas, sus vasos sanguíneos. Una vampirización sistemática y apocalíptica contra el que las familias se pertrechan con peines acanalados o eléctricos, botellas de vinagre, gorros de plástico, rollos de papel, y champús, esencias y remedios químicos, algunos muy agresivos, o naturales. También se visitan las webs dedicadas al tema (la más conocida, con 15.000 visitas al mes, es www.madrescontrapiojos.es) y se repasan los malísimos chistes que hay sobre este asunto. Los piojos, según se lee en otra página web que parece diseñada por científicos sádicos, tienen entre 2 y 3 milímetros de tamaño, son de color gris café y alargados, se alimentan 6 veces al día, viven unos 33 días, las hembras, cuando se hacen adultas, ponen 150 huevos o liendres, los hay de 3 clases según la zona del cuerpo humano a la que se adhieran y tardan en morir, qué horror, 24 horas. Produce escalofríos repasar la lista de características de esa legión de bichos chupadores que, si uno ha de creer lo que va escuchando por aquí y por ahí, se apresta a invadir el cuero cabelludo de todo el género humano, con la feliz exclusión de los calvos y los monjes budistas rasurados al cero.
No sé si ahora también, pero cuando yo era pequeño se decía que no era normal que hubiera tantos casos de piojos, y se echaba la culpa a las farmacéuticas, claro, de las que se decía que contrataban aviones secretos para arrojar colonias de estos insectos sobre la indefensa población. En esto no hemos cambiado: a las farmacéuticas se las ha hecho responsables, por acción o por omisión pero siempre por mirar más sus cuentas de resultados que la salud de sus pacientes, de enfermedades tan crueles como el sida, de multitud de malformaciones genéticas (como las producidas por la cruel talidomina de nuestros abuelos) o de la contemporánea gripe a. Supongo, sin embargo, que, de tener ellas aviones camuflados con el siniestro cometido de convertirnos a la fuerza en clientes suyos, alguien los hubiera filmado, con cualquiera de los sofisticados aparatos hoy por hoy al alcance de todos, y colgado en la red. No es por disculparlas, pero lo más probable es que los piojos lleven haciéndose adosados en nuestros pelos desde antes de la creación de la primera farmacéutica.
Y tampoco es para terminar con un símil facilón, pero ¿no les parece que la batalla del PP en Madrid, que tantos picores está dando al presidente de esta formación, se acabaría con una buena loción antiséptica mejor que con mil decepcionantes reuniones? Lo que don Mariano Rajoy tiene, me parece, es un feroz ataque de piojos recalcitrantes y experimentados. Y éstos, como ha quedado demostrado, no sucumben a los 33 días ni menos a las 24 horas. Más vinagre y menos palabras, eso es lo que, visto desde la distancia, me parece que hace falta. O si no, ya verán, en pocos meses todos calvos.