Fernando Jáuregui
El mundo, entonces, en aquel 1989, cuando Zapatero tenía ya veintinueve años, era completamente diferente que el de ahora. Figúrese usted que ni había Internet, ni apenas telefonía móvil y el planeta se dividía, visto del lado de acá, en buenos, en el lado occidental del muro, y malos, en el otro. Y de pronto se nos cayó el muro, sin que nadie lo pensase, y ahí empezó la transformación que acabó con los partidos comunistas, con los regímenes del Este y con la creencia general de que el statu quo era inmutable.
Hoy se conmemoran aquellos acontecimientos y, más que eso, va a ser la jornada de la reflexión. ¿Habrá sido para mejor el cambio? Lo cierto es que apenas ha habido un solo día sin noticias que nos hablaban de cómo iban evolucionando las cosas, de qué manera nuevos avances tecnológicos nos cambiaban la vida. Yo diría, sumando todo en conjunto, que hemos mejorado. Pero hay que constatar que siempre hay muros. Lo sagaz es saber detectar dónde está el muro, que no siempre es, como el de Berlín, visible.
La progresión de la Historia está siempre en las migraciones: cuando unas culturas, unas civilizaciones, se mezclan con otras, no siempre de manera pacífica. Y entonces es la caída del Imperio Romano, que ya se sabe que dura siglos, pero es imparable. No sé si centrar el muro de hogaño, como Huntington, en la guerra no declarada entre las civilizaciones cristiana y musulmana. O si, simplemente, es la inmigración global lo que, paradójicamente, nos divide ahora entre los resistentes a lo imparable y los asaltantes de la vieja fortaleza del Estado de bienestar.
El caso es que la nueva esperanza global llamada Obama, que quizá sea cada vez menos esperanza aunque algunos nos resistamos aún a admitirlo, porque es un símbolo visible del cambio, no estará en el nostálgico acto de Berlín hoy, donde sí se van a encontrar muchos otros mandatarios que, lógicamente, no lo eran, o lo eran menos, hace dos décadas. No podemos dejar que el acto de hoy se resuma en un nostálgico reencuentro entre Kohl, Bush (padre) y Gorbachov para echar unas lagrimitas sobre el recuerdo del pasado que siempre fue mejor. Somos muchos los que creemos en que un mundo más solidario es posible. Pese a las angustias puntuales, a la decreciente voz de los ciudadanos, a la burocratización de esa esperanza que fue Europa unida. Ahora quizá más que nunca, un mundo algo más justo es posible, y hora es de gritarlo junto al cadáver, ya descompuesto, del muro de Berlín.