El adarve

Los niños del cable

 21:12  

Miguel A. Santos Guerra Hace tiempo que circula por la red un pequeño y emocionante reportaje sobre un grupo de escolares de Colombia que, para acudir a su escuela, tienen que atravesar cada día un profundo precipicio de más de doscientos metros. Con un frágil arnés se cuelgan de una oxidada polea que discurre por un cable de más de ochocientos metros. Para amortiguar el golpe que causaría la inercia de la caída utilizan una pequeña horquilla que cruzan con la polea. La misma aventura cada día para ir a la escuela y para volver a sus casas. Resulta emocionante ver a esas criaturas (algunas veces hacen esa arriesgada travesía dos niños juntos, uno cogido a la espalda del otro) poniendo en juego sus vidas para poder aprender.
Me pregunto por lo que les pasa a nuestros niños y jóvenes cuando desprecian la oportunidad de acudir a la escuela y, llegado un momento, consideran que aprender es una tortura o un castigo. Fracaso, absentismo y conflictividad en las aulas contrastan con el ejemplo admirable de los "niños del cable".
Se ha suscitado un interesante debate en España a propuesta del Ministro de Educación. La cuestión que ha puesto sobre el tapete es la posible ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los 18 años. Mi reacción inmediata es de carácter positivo. Sí, que se haga.. Ampliar la escolaridad es extender la educación a personas que no podrían tenerla sin una medida de esta naturaleza. Estoy por la labor, aunque de forma condicionada, como luego explicaré.
Considero que aprender es algo positivo, por eso creo que "obligar" a estudiar es una buena iniciativa, aún a sabiendas de que sólo aprende el que quiere. El verbo aprender, como el verbo amar, no se pueden conjugar en imperativo. Podemos llevar el caballo a la fuente, podemos meterle la cabeza en el agua pero beber es un asunto de su única incumbencia.
Se me podrá decir que hay que preguntar a los protagonistas, porque ya tienen edad de pensar y de decidir. Si alguien les pregunta si quieren seguir estudiando, es probable que algunos digan que no.. Pero eso sucede a los 18, a los 14, a los 12 y a los 10. ¿Qué hacemos, dejamos fuera de la escuela, a cualquier edad, a todos los que no quieran estar en ella?
Puesto que la educación es un bien, soy partidario de que se amplíe hasta el máximo la escolarización. Hay países que así lo hacen, como Hungría y Holanda y no les va mal. Muchos otros de nuestro entorno cultural tienen escolaridad obligatoria hasta los 16, es cierto.
Es probable que algunos profesores y profesoras se echen las manos a la cabeza. Para reventar una clase no hace falta un grupo organizado de objetores, basta con uno. Pero, claro, con mayor número la situación se complica. ¿Cómo persuadir a quien no quiere estar de que aquello es lo mejor para él?
Se me dirá que bastante fracaso y absentismo tenemos como para meternos en este nuevo berenjenal. Se me dirá que primero solucionemos los problemas y después veremos. Si es así, sepamos que ese "después", nunca llegará
Sé muy bien que decir "enseñanza obligatoria" es igual que decir "trabajos forzados". El lenguaje juega esas malas (o buenas) pasadas. Lo que sucede es que esa valoración negativa de la enseñanza nos pone contra las cuerdas a los políticos que la organizan y a los profesionales que la llevamos a cabo. Imagino a un escolar de 16 años que está a punto de terminar y que está deseando largarse. Imagino que alguien le dice:
Mira, se te va a aparecer un ángel (un Ángel Gabilondo) y te va a hacer una maravilloso regalo. Vas a seguir estudiando dos años más de forma obligatoria.
No es difícil imaginar la reacción de rechazo y de desprecio. Quizás de ira. Cuando alguien no quiere caldo acepta muy mal que le digan: pues ahora te vas a tomar dos tazas.
Tal como está el mercado laboral, ¿qué sentido tiene dejar a muchos de esos chicos vagando por las calles? Claro que, de tomarse esta medida, las familias tendrían un reto importante. Deberían persuadir a sus hijos e hijas de que esa opción es una magnífica opción en la vida. Poder seguir aprendiendo. Aconsejo para encontrar algunas razones, el libro "¿Por qué tengo que ir a la escuela?, del pedagogo alemán Von Hentig en el que le explica a un sobrino suyo, a través de 26 cartas, por qué resulta importante ir a la escuela
Yo no sacrificaría al grupo "de los que no pueden seguir estudiando" en aras de "los que no quieren". ¿Qué haría? Ampliar la escolaridad pero, claro, ampliando también la flexibilidad del sistema, mejorando la formación pedagógica del profesorado y dando autonomía a las instituciones para que ofrezcan una respuesta adecuada a las demandas de formación de los interesados. Habrá que pensar en un sistema alternativo de estudio y trabajo, en prácticas en lugares de aprendizaje externos a la escuela, en experiencias laborales combinadas con programas teóricos. Y habría que aumentar la participación de los estudiantes en la organización y gestión de las instituciones y del curriculum. No comparto la tesis de "todo por el alumnado sin el alumnado".
La medida podría ser un revulsivo para reinventar una escuela más dinámica, menos academicista y más cercana a los interesas de quienes aprenden. Habría que mejorar la oferta educativa, en cantidad y calidad. Me ha hecho pensar mucho aquella exclamación de Winston Churchill: "Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen". Si aprender es apasionante, ¿por qué algunos lo aborrecen?
Aumentar la formación, acabaría beneficiándonos a todos. Tener personas más preparadas, sería bueno par a los interesados y para el país.
Vuelvo a recordar a los pequeños escolares colombianos atravesando, a través de un bosque impresionante y de una cable de no mucho grosor, el abismo de la ignorancia. Recomiendo encarecidamente al lector que lo vea. Resulta emocionante y aleccionador.

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