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La tribuna 

A veinte años de aquel intenso dolor

14-11-2009  
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RAFAEL DE LOMA Estos días se cumplen veinte años de la tragedia vivida en Málaga en noviembre del 89, cuando una riada provocó el desbordamiento de los ríos Guadalhorce y Guadalmedina. A uno se le entrecruzan los recuerdos de dos emociones muy diferenciadas: el de la tristeza de la tragedia que provocó ocho muertes e infinitos daños, y el de la evocación de la propia noticia sentida intensamente como periodista en uno de los focos de la catástrofe.
La gruesa estadística de pérdidas materiales (se habla de cien mil millones de pesetas de la época) y el desglose de efectos producidos por cada uno de los golpetazos de las tormentas a lo largo de tres semanas ininterrumpidas tienen ya su espacio en las contabilidades históricas de archivos y hemerotecas. Sin embargo, las vivencias personales de quienes padecimos de cerca el pavoroso ataque terrorista de la naturaleza permanecen recluídas en lo más íntimo de nosotros mismos. Aquel otoño marcaría definitivamente la vida de muchos malagueños. Como suele ocurrir en todos los órdenes de la vida, la gente más necesitada fue la más vapuleada y posteriormente la menos asistida. En las viviendas y en las barriadas más humildes, en los negocios más modestos, fue donde la tormenta provocó más desgracias irreparables.
Todo sobrevino súbitamente aquel 14 de noviembre cuando unas nubes terroríficas ocultaron la luz del sol y de pronto el día se nos hizo noche. Una lluvia torrencial azotó a la capital y a parte de la provincia y nadie llegó a pensar que se estaba fraguando una de las mayores catástrofes de nuestra historia. Málaga entera quedó pronto paralizada, las autoridades se vieron superadas por los acontecimientos, los servicios más elementales se colapsaron, la luz y la energía se extinguieron, crecía imparable el nivel de la aguas. Y hubo un momento en que el verdadero rey de la dramática situación fue el caos.
Cayó tanta agua, y fueron tan espantosas sus consecuencias, que hasta algunos nichos del cementerio de San Miguel terminaron cediendo hasta desmoronarse, saliéndose los ataúdes que bajaron por algunas calles arrastrados por la riada. Fue uno de los muchos espantos que estremeció aquellos días a los malagueños.
Hacía menos de un año que el diario ´El Sol del Mediterráneo´, que por entonces yo dirigía, se había trasladado desde Marbella hasta Málaga, ocupando un gran edificio con nave industrial (unos seis mil metros cuadrados) en el Polígono del Guadalhorce. Nuestra ubicación, a escasa distancia del río, fue determinante para que, en pocos minutos, la riada nos dejara aislados como a tantas y tantas empresas instaladas en aquella zona industrial. Veíamos avanzar hacia nosotros las oleadas de la crecida y andábamos lejos de imaginar que, para algunos, iba a suponer una situación límite de tres días encerrados e incomunicados. Nos limitamos a hacer nuestro trabajo, aportando información directa y excelentes documentos gráficos, incluso un día logramos editar un periódico de 32 páginas entre cinco o seis compañeros en un esfuerzo supremo que reconocieron nuestros lectores y hasta elogiaron otros medios de comunicación como ´Sur´, ´El País´ o la Cadena Ser.
Protagonista máxima de los mayores momentos de angustia fue la radio, gracias a la cual se coordinaron los equipos de salvamento. A nosotros la radio nos trató y nos entrevistó casi como a héroes, porque estábamos trabajando en condiciones extremas con frío, hambre y sueño y nos negábamos a ser desalojados por los helicópteros y por las zodiacs que acudían a sacarnos de allí y regresaban a su base portando los ejemplares que no podíamos distribuir por carretera. Pero la verdad es que, conscientes de no asumir riesgos, hacíamos lo que nos gustaba hacer. Y sólo decidimos parar cuando nos quedamos sin luz, sin energía, sin teléfonos, sin teletipos, con las bobinas de papel infladas e inutilizadas y con la huella del lodo marcada a un metro y medio de altura en las rotativas. Entonces llegó el momento de dejarnos evacuar.
A Málaga le quedó para siempre el dolor intenso de lo irremediable. Y también una incertidumbre futura. No sabemos con certeza, y ojalá no lo sepamos nunca, si a lo largo de estos veinte años se han tomado todas las medidas previsibles para evitar que se derramen tantas lágrimas como en el 89 ante una hipotética eventualidad como aquella. Es una inquietud que no hay quien nos quite.

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