Carlos Pérez Ariza
Acostumbrados a ventilar sus asuntos familiares en el salón de las revistas del corazón, como cualquier plebeyo de la tribu ibérica, la baronesa Carmen Thyssen-Bornemisza, antes Tita Cervera, y su hijo Borja Thyssen, hasta hace unos años Borja a secas, se enfrascan en una nueva polémica pública en torno a la propiedad de la extensa colección de pinturas heredadas del difunto barón, de donde saldrán unos 200 cuadros para colmar las paredes del antiguo palacio de la calle Compañía.
Se queja el heredero de que nadie le ha notificado oficialmente que su madre le haya nombrado ´patrono´ de la Fundación del Museo, y que ha venido a Málaga sólo para acompañarla, que no conoce a fondo el proyecto y que se ha enterado de algo por la prensa. Pobre, chico, le tienen desinformado. Pero ahora, dice compartir con su madre los derechos sobre la colección de un millar de obras de arte, y los fondos del museo tienen que contar con su aprobación.
De exigir Borja Thyssen judicialmente tales derechos y conociendo el lento discurrir de los tribunales, supeditados al circo mediático, el nuevo museo podría entrar en dique seco. A ellos les fascinan estas discusiones familiares. Los coloca en las portadas del papel rosa y sus fotos de nobles-plebeyos ilustran el panorama de sus vidas millonarias. Pero en esta ocasión ponen en peligro el prestigio y la seriedad de una ciudad, que desea y necesita ampliar su oferta cultural. Aunque no sólo de Museo Thyssen vive la cultura.
Llama la atención que un chico que le debe, no sólo la vida, sino su nuevo apellido, su fortuna y su fama a su madre, haya salido tan resabiado. Pero claro, ´de casta le viene al galgo´ y éste ni corre tanto, ni es tan delgado. Si Borja lleva hasta el final su pretensión de ser el beneficiario de una parte de la colección Thyssen materna, la Fundación del Museo puede ver, como mínimo, retrasado su primer objetivo: abrir en 2011. Y esta discusión, dicen los expertos, está ya en manos de los respectivos abogados. El pulso del hijo a la todopoderosa baronesa le puede salir mal, pero mientras tanto el museo corre peligro y la prensa rosa está encantada.
Recicle. Mientras tanto, la calle Larios se engalana, en su misma puerta principal, con contenedores que entierran la basura, aunque nadie colocaría un cubo de desperdicios en la entrada de su casa, suelen estar en un sitio reservado de la cocina. Al mismo tiempo, los vecinos de la ciudad reciben en sus buzones una carta y un folleto de la concejalía de Medio Ambiente, donde les incitan a colaborar aún más en el reciclaje de los residuos urbanos. Loable intención, que podrían cumplir los ciudadanos con mayor diligencia si no faltaran tantos contenedores en muchas calles de la ciudad.
Algo falla en Limasa cuando no son capaces de sustituir con prontitud los grandes recipientes que son dañados, quemados, destruidos por los neo vándalos malacitanos. Sin contenedores apropiados –son cuatro– para cada tipo de desechos, difícilmente podrán los malagueños clasificar y depositar en ellos lo que corresponda y convertirse en recicladores. Reciclen esos contenedores y llegaremos a ser una ciudad más limpia y sostenible en este Mare Nostrum.