Pedro de Silva
El temporal que hace ya días sacudió la cornisa cantábrica recuerda a los antiguos temporales del noroeste: densas y plomizas masas de nubes que avanzan en oblicuo desde el mar, rachas de viento que destrozan paraguas, descargas de agua que bajan como cortinas, olas montañosas, bandadas de gaviotas que se refugian tierra adentro. Pena es que estos magníficos espectáculos, que antes pautaban el otoño (ya desde fines de Septiembre), y frecuentaban el invierno y la primavera, hasta avanzado Junio, escaseen ahora tanto. Todo lo que pierde fuerza nos atonta. Hay cosas que parecen haberse perdido para siempre, como el antaño omnipresente orbayu, la fina lluvia que nos ponía pingando, y desvaía el perfil de las cosas, tanto las de fuera como las de dentro. Melchor Fernández recordaba hace poco esa pérdida, que acabará influyendo en el carácter. El cambio climático nos cambiará el alma.