RAFAEL DE LA FUENTE
Tenía en aquel momento el mismo dilema que habían padecido muchos de mis colegas en otros hoteles en los más diversos rincones del mundo. ¿Cómo dirigirme a John le Carré, el gran escritor inglés? Observé que de entrada me podía permitir la libertad de llamarle don John. Yo sabía que estaba en un terreno resbaladizo, aunque tenía cierto margen de seguridad. Al fin y al cabo el nombre de John era lo único que compartían el "nom de guerre" de John le Carré y el de David John Cornwell, con el que se había registrado en Los Monteros y con el que lo habían bautizado en 1931. Me tranquilizó el hecho que era obvio que John le Carré podía ser una de las personas más amables y bondadosas que he conocido.
Probablemente él sabía que en los países de habla española el utilizar el Don era una muestra de respeto. En realidad yo quería averiguar si al maestro le parecía bien el tratamiento para poder comunicarlo a todos los departamentos del hotel. Había un pequeño problema. Don John suena en inglés igual que la palabra "dungeon", que quiere decir mazmorra o calabozo. Me tranquilizaba por otra parte que en inglés un "don" es un profesor de Cambridge o de Oxford. Viendo que él y su familia estaban encantados con el hotel, con el tiempo me atreví alguna vez que otra a llamarle don Juan. Me sigue sonando mejor que don John. El escritor observó más adelante que esa deferencia mía era habitual en el hotel, tanto con los clientes como con mis colaboradores, independientemente de la preeminencia social de la persona a la que me dirigía.
Un par de días después de su llegada a Los Monteros, me lo encontré en el salón de la entrada. Venía del club de tenis. Lo saludé. Me dijo que estaba fascinado por el hotel. Empezó a hacerme preguntas sobre Los Monteros. Entonces un hotel objeto de culto en la Inglaterra de aquella época. Nos sentamos en el saloncito contiguo a la recepción, junto a la admirable chimenea que había diseñado Jaime Parladé. Su curiosidad por el hotel era inagotable. Yo estaba encantado. Y no solo por el acento "Old School" del inglés de don Juan, que es impresionante. El personaje tenía la capacidad de conseguir que cualquiera que hablara con él se sintiese absolutamente "at ease". En aquel momento pasó por allí el fotógrafo del hotel. Don John me adivinó el pensamiento. Dijo que le gustaría que nos hicieran una foto delante de la chimenea. Quizás era para poder llevarse a su casa, enclavada en los acantilados de Cornwall, las formas encaladas de la soberbia chimenea de Jaime. Conservo la foto. Don Juan parece un perfecto gentleman británico. La más que sudada camiseta y los pantalones cortos de tenis no le restan ni un ápice de dignidad. Al contrario.
Algunos años después, en Madrid, donde dirigía el hotel Villa Magna, estaba comprobando la lista de llegadas para el día siguiente. Había un tal David Cornwell entre ellas. Lo supe. Tenía que ser John le Carré, mi antiguo cliente don Juan. Le dí la sorpresa a su llegada. Lo celebramos tomándonos una copa de champán en el bar de aquel querido hotel, rodeado de árboles centenarios, en pleno paseo de la Castellana. Aunque no lo recuerdo, tuvo que ser un Bollinger, el excelente champán de la casa. Muy apreciado, además, por los buenos conocedores británicos.
Me dijo don Juan que estaba en Madrid para presentar la edición española de su último libro, "A Perfect Spy". Partiendo de la evocación de sus días en Marbella, hablamos largo y tendido. El sabía que yo había comenzado a leer sus obras mucho antes de conocerlo. Y las fui leyendo todas, hasta ahora, sobre todo a partir de "El espía que vino del frío", el libro que selló mi alianza de lector con aquel escritor. Como me ocurriría años después con "Las bailarinas muertas" de mi amigo Antonio Soler. No puedo recordar en su totalidad aquella conversación con John le Carré, desde la que han pasado exactamente 22 años. Pero sí recuerdo que le dije que sus personajes compartían una cualidad con los de Dostoievski. Su realidad era más poderosa que cualquier otra percepción que nos llegue a través de nuestra realidad sensorial. A pesar de su entrenamiento perfecto como británico de la vieja escuela, no pudo ocultar cierta emoción. Quizás confirmé como lector algo que él creía intuir. Quedamos para tomar un té el día siguiente, con motivo del ritual de las dedicatorias. Le rogué su firma en la primera obra suya que cayó en mis manos. Mi "first", como él puso en la primera página de "Una pequeña ciudad de Alemania". Reproduzco a continuación, por su interés, las palabras de la otra dedicatoria del maestro –con dos firmas– en la página de honor del "Un espía perfecto". El libro que le había traído a Madrid: "For Rafael de la Fuente, with my sincere good wishes – good to see you again! John le Carré, alias David Cornwell. 9 June 1987".
Tuve la impresión que al poner don Juan en su dedicatoria una segunda firma con su verdadero nombre, como si éste fuera un alias, me estaba concediendo un auténtico privilegio. Y especialmente por plasmar estas palabras en uno de sus libros más dolorosamente autobiográficos. Que Dios conceda a don Juan larga vida. Sus lectores lo agradeceremos.